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El Movimiento Estudiantil sacaba de quicio a muchos, a todos aquéllos que en la Cámara de Diputados aplaudieron de pie las medidas tomadas por el presidente Díaz Ordaz y ejecutadas por su segundo, Luis Echeverría, el 2 de octubre. El Movimiento Estudiantil los desafiaba y ponía en peligro no sólo las olimpiadas sino también la autoridad de empresarios y jefazos. Los embotellamientos, el súbito incendio de un autobús a la mitad de San Juan de Letrán (hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), la tea encendida de los transportes públicos, las vitrinas hechas pedazos, las interrupciones de tránsito, las colectas en la calle, las porras y los estribillos estudiantiles “Di por qué, dime Gustavo, / di por qué, eres cobarde, / di por qué no tienes madre, dime Gustavo por qué”. Y “En la calle de Insurgentes / que chinguen a su madre los agentes”, los graffitis, los mítines relámpago, las arengas en el mercado, la brusca irrupción de una nueva realidad molesta para la rutina de los oficinistas y los hacía exclamar: “¿Por qué no están estudiando? Su lugar es frente a sus libros. La sociedad paga sus aulas y sus carreras, bola de irresponsables”. La de los estudiantes era una protesta muy localizada, los universitarios y los politécnicos eran los alborotadores, el descontento no se había generalizado, muchos estaban conformes; un refresco y una torta bastaban para adherirse al PRI. El nuestro ¡qué país de acarreados! Además el 12 de octubre se inaugurarían los juegos olímpicos. Por primera vez un país de América Latina había sido escogido. México era la sede internacional. ¡Qué gran honor! Y con sus desmanes los locos esos irreverentes y pendencieros ponían en peligro el prestigio del país, el de su dirigencia. Muchos aficionados y turistas habían cancelado su habitación en los hoteles. ¡México bárbaro estaba de nuevo en la pública palestra! Los estudiantes se habían empeñado en hundir al país. ¿No decían que unas bombas de manufactura universitaria harían volar el tablero del estadio precisamente en CU?

En su versión del jueves 3 de octubre de 1968 nos dice Excélsior: “Nadie observó de dónde salieron los primeros disparos. Pero la gran mayoría de los manifestantes aseguraron que los soldados, sin advertencia ni previo aviso, comenzaron a disparar: ‘…los disparos surgían por todos lados, lo mismo de lo alto de un edificio de la Unidad Tlatelolco que de la calle donde las fuerzas militares en tanques ligeros y vehículos blindados lanzaban ráfagas de ametralladora casi ininterrumpidamente…’”. Novedades, El Universal, El Día, El Nacional, El Sol de México, El Heraldo, La Prensa, La Afición, Ovaciones repiten que el ejército tuvo que repeler a tiros el fuego de francotiradores apostados en las azoteas de los edificios. Prueba de ello es que el general José Hernández Toledo, que dirigió la operación, recibió un balazo en el tórax y declaró a los periodistas al salir de la intervención quirúrgica que se le practicó: “Creo que si se quería derramamiento de sangre ya es más que suficiente con la que yo he derrama- do,” como lo consignó El Día, 3 de octubre de 1968.

Según Excélsior se calcula que participaron unos cinco mil soldados y muchos agentes policiacos, la mayoría vestidos de civil. Tenían como contraseña un pañuelo envuelto en la mano derecha. Así se identificaban unos a otros, ya que casi ninguno llevaba credencial por protección frente a los estudiantes.

“El fuego intenso duró 29 minutos. Luego los disparos decrecieron pero no acabaron”. Los tiros salían de muchas direcciones y las ráfagas de las ametralladoras zumbaban en todas partes y, como afirman varios periodistas, “muchos soldados debieron lesionarse entre sí, pues al cerrar el círculo los proyectiles salieron por todas direcciones”, dijo el reportero Félix Fuentes en su relato del 3 de octubre en La Prensa. El ejército tomó la Plaza de las Tres Culturas con un movimiento de pinzas, es decir, llegó por los dos costados y cinco mil soldados avanzaron disparando armas automáticas contra los edificios, añade Félix Fuentes. “En el cuarto piso de un edificio, desde donde tres oradores había arengado a la multitud contra el gobierno, se vieron fogonazos. Al parecer, allí abrieron fuego agentes de la Dirección Federal de Seguridad y de la Policía Judicial del Distrito.

“La gente trató de huir por el costado oriente de la Plaza de las Tres Culturas y mucha lo logró, pero cientos de personas se encontraron a columnas de soldados que empuñaban sus armas a bayoneta calada y disparaban en todos sentidos. Ante esta alternativa las asustadas personas empezaron a refugiarse en los edificios, pero las más corrieron por las callejuelas para salir a Paseo de la Reforma cerca del Monumento a Cuitláhuac.

“ Quien esto escribe, fue arrollado por la multitud cerca del edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores. No muy lejos se desplomó una mujer, no se sabe si lesionada por algún proyectil o a causa de un desmayo. Algunos jóvenes trataron de auxiliarla pero los soldados lo impidieron”.

“El General José Hernández Toledo declaró después que, para impedir mayor derramamiento de sangre, ordenó al ejército no utilizar las armas de alto calibre que llevaba”, (El Día, 3 de octubre de 1968). (Hernández Toledo ya ha dirigido acciones contra la Universidad de Michoacán, la de Sonora y la Autónoma de México, y tiene a su mando a hombres del cuerpo de paracaidistas calificados como las tropas de asalto mejor entrenadas del país). Sin embargo, Jorge Avilés, redactor de El Universal escribe el 3 de octubre: “Vimos al ejército en plena acción; utilizando toda clase de instrumentos, las ametralladoras pesadas empotradas en una veintena de jeeps, disparaban a todos los sectores controlados por los franco- tiradores”. Excélsior reitera: “Unos trescientos tanques, unidades de asalto, jeeps y transportes militares tenían rodeada toda la zona, desde Insurgentes hasta Reforma, hasta Nonoalco y Manuel González. No permitían salir ni entrar a nadie, salvo rigurosa identificación”. Miguel Ángel Martínez Agis de Excélsior reportó a las 18 horas desde el Edificio Chihuahua: “Un capitán del ejército usa el teléfono. Llama a la Secretaría de la Defensa. Informa de lo que está sucediendo: ‘Estamos contestando con todo lo que tenemos… Allí se veían ametralladoras, pis- tolas 45, calibre 38 y unas 9 milímetros’”.

El General Marcelino García Barragán, Secretario de la Defensa Nacional, declaró al reportero de Excélsior Jesús M. Lozano que: “Al aproximarse el ejército a la Plaza de las Tres Culturas fue recibido por francotiradores. Se generalizó un tiroteo que duró una hora aproximadamente… Hay muertos y heridos tanto del ejército como de los estudiantes: No puedo precisar en estos momentos el número de ellos.
“—¿Quién cree usted que sea la cabeza de este movimiento?
“—Ojalá y lo supiéramos.
(Indudablemente no tenía bases para inculpar a los estudiantes).
“—¿Hay estudiantes heridos en el Hospital Central Militar?
“—Los hay en el Hospital Central Militar, en la Cruz Verde, en la Cruz Roja. Todos ellos están en calidad de detenidos y serán puestos a disposición del Procurador General de la República. También hay detenidos en el Campo Militar Número 1, los que mañana serán dispuestos a disposición del General Cueto, Jefe de la Policía del DF.
“—¿Quién es el comandante responsable de la actuación del ejército?
“—El comandante responsable soy yo”.
El jefe de la policía metropolitana negó que, como informó el Secretario de la Defensa, hubiera pedido la intervención militar en Ciudad Tlatelolco. El General Luis Cueto Ramírez dijo textualmente: “La policía informó a la Defensa Nacional en cuanto tuvo conocimiento de que se escuchaban disparos en los edificios aledaños a la Secretaría de Relaciones Exteriores y de la Vocacional 7, en donde tiene servicios permanentes”. (…)“La mayoría de las armas confiscadas por la policía, son de fabricación europea y corresponden a los modelos de los usados en el bloque socialista. Cueto negó saber que políticos mexicanos promuevan en forma alguna esta situación y afirmó no tener conocimiento que ciudadanos estadounidenses hayan sido aprehendidos. En cambio están prisioneros un guatemalteco, un alemán y otro que por el momento no recuerdo”. (El Universal, El Nacional, 3 de octubre de 1968).

Los cuerpos de las víctimas en la Plaza de las Tres Culturas no pudieron ser fotografiados porque el ejército lo impidió. (La Prensa, 3 de octubre de 1968). El 6 de octubre en un manifiesto “Al Pueblo de México”, publicado en El Día, el CNH declaró: “El saldo de la masacre de Tlatelolco aún no acaba. Hasta el momento han muerto cerca de cien personas de las cuales sólo se sabe de las recogidas en el momento: los heridos cuentan por miles…”. El mismo 6 de octubre el CNH, al anunciar que no haría nuevas manifestaciones o mítines, afirmó que las fuerzas represivas “causaron la muerte con su acción a ciento cincuenta civiles y cuarenta militare s”. En Posdata, Octavio Paz cita el número que el diario inglés The Guardian, tras una “investigación cuidadosa”, considera como la más probable: trescientos veinticinco muertos.

En México no se ha logrado precisar hasta ahora el número de muertos. El 3 de octubre la cifra declara da en los titulares y reportajes de los periódicos oscila entre veinte y veintiocho. El número de heridos es mucho mayor y el de detenidos es de dos mil. A las doce de la noche aproximadamente dejaron de escucharse los disparos en el área de Tlatelolco. De los edificios desalojados por la tropa fueron conducidos al Campo Militar Número1 cerca de mil detenidos que más tarde serían llevados a la cárcel de Santa Marta Acatitla. La zona de Tlatelolco siguió rodeada por el ejército. Grupos de once soldados entraron a los edificios a catear casa por casa. Muchas familias abandonaron sus departamentos con sus pertenencias después del humillante registro.

El número de presos en la cárcel de Lecumberri por el Movimiento de 1968 fue de ciento sesenta y cinco. Posiblemente no sepamos nunca cuál fue el mecanismo interno que desencadenó la masacre de Tlatelolco. ¿El miedo? ¿La inseguridad? ¿La cólera? ¿El terror a per- der la fachada? ¿El despecho ante el joven que se empeña en no guardar las apariencias delante de las visitas? Posiblemente nos interroguemos siempre junto con el cuadro negro de Abel Quezada“ ¿Porqué? ”en vez de su caricatura de costumbre. La noche triste de Tlatelolco —a pesar de todas sus voces y testimonios— sigue siendo incomprensible. ¿Por qué? Tlatelolco es incoherente, contradictorio. Pero la muerte no lo es. Ninguna crónica nos da una visión de conjunto. Todos —testigos y participantes— tuvieron que resguardarse de los balazos, muchos cayeron heridos.

Todavía fresca la herida, todavía bajo la impresión del mazazo en la cabeza, la sangre pisoteada de estudiantes, hombres, mujeres, niños, soldados, diez días después los mexicanos pasmados se sentaron frente a la televisión a ver los juegos olímpicos. Rosario Castellanos preguntó en un poema escrito especialmente para La noche de Tlatelolco:¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente nadie / La plaza amaneció barrida; los periódicos / dieron como noticia principal / el estado del tiempo. / Y en la televisión, en el radio, en el cine / no hubo ningún cambio de programa, / ningún anuncio intercalado ni un / minuto de silencio en el banquete. / (Pues prosiguió el banquete)”.

El 3 de octubre de 1968 los periódicos dieron una noticia escueta, lacónica, tramposa que minimizaba la masacre y para colmo acusaba a los estudiantes. Novedades habló de francotiradores y de veinticinco muertos, ochenta y siete lesionados, entre ellos el General Hernández Toledo y doce militares más heridos. El Universal dijo que eran veintinueve los muertos en el campo de batalla contra terroristas ya que los soldados sostuvieron un rudo combate y había mil detenidos. El Sol de México lamentó que manos extrañas cuyo objetivo era frustrar los XIX juegos olímpicos se empeñaran en desprestigiar a México. Francotiradores abrieron fuego contra la tropa en Tlatelolco e hirieron a un general y a once militares; dos soldados y más de veinte civiles muertos en la peor refriega.

De los estudiantes sólo se preocuparon El Día y el Excélsior. Dos mil personas fueron arrestadas. Los fa- miliares quedaron sin noticias y anduvieron peregrinando de los hospitales a los anfiteatros buscando a sus hijos. Los padres de Raúl Álvarez Garín publicaron un desplegado en El Día preguntando semana tras semana dónde es- taba su hijo. En el Campo Militar Número 1, no cupo un alfiler después de tanto muchacho rapado y vilipendiado en espera de conocer su suerte. De veintinueve, los muer- tos pasaron a cuarenta y tres. Los periódicos recibieron una orden tajante: “Nomás información”. En vista de la cercanía de los juegos olímpicos y de que los ojos del mundo estaban puestos en México los periódicos que contrariaran la orden perderían sus prebendas.

A partir del 2 de octubre, muchos nos inclinamos sobre nosotros mismos y nos preguntamos quiénes éramos y qué queríamos. Nos dimos cuenta que habíamos vivido en una especie de miedo latente y cotidiano que intentábamos suprimir pero que había reventado. Sabíamos de la miseria, de la corrupción, de la mentira, de que el honor se compra pero no sabíamos de las piedras manchadas de sangre de Tlatelolco, de los zapatos perdidos de la gente que escapa, de las puertas de hierro de los elevadores del conjunto habitacional de Santiago-Tlatelolco perforadas por ráfagas de ametralladora. Los edificios de la avenida Juárez volvieron a caérsenos encima, la gente caminó de nuevo a toda prisa mirándose los pies y algo muy cercano al pánico pudo leerse en su rostro. “¡Qué horrible normalidad!” diría doña Margarita Nolasco.

A raíz del 2 de octubre consigné las voces de muchachos, muchachas, madres y padres de familia. “Sí, pero cámbieme de nombre”. “Yo le cuento pero no ponga quién soy”. Salvo los líderes presos en la cárcel preventiva de Lecumberri y algunas madres de familia guardé los nombres en el fondo del corazón bien guardados a riesgo de no saber hoy, a treinta años, quién es quién. Muchos se negaron a hablar. La familia de la edecán Regina Teuscher K ruger cuya imagen indeleble en una revista impactó a miles de mexicanos (entre otros a Antonio Velasco Piña que la convirtió en sacerdotisa esotérica muerta y resucitada para iniciar una nueva era e incendiar los dos volcanes, el Popo y el Ixta) se negó a hablar con periodista alguno.

El padre de Regina, de origen alemán, recogió el cadáver de su hija de veintiún años con seis tiros de bala a lo largo de la espalda.

Casi todos los centenares de hospitalizados presentaban heridas en la espalda, en los glúteos, en los muslos, en las piernas. Mientras intentaban salir de la trampa, les tiraron por detrás.

Esta tragedia escindió la vida de muchos mexicanos; antes y después del 2 de octubre. 1968 fue un año que nos marcó a sangre y fuego. 1968 es el año del reclamo de los jóvenes en el mundo entero. Hubo otros movimientos estudiantiles en Francia, en Checoslovaquia, en Japón, ninguno tan violento como el nuestro, el fuego intenso duró veintinueve minutos, luego los disparos decrecieron pero no terminaron dijo el diario Excélsior.

En su mayoría, recogí los testimonios del 68 en octubre y en noviembre de 1968. Los estudiantes presos en Lecumberri dieron los suyos en el curso del año siguiente gracias a Raúl Álvarez Garín que los citaba el domingo en su celda. Los defensores de los presos políticos Carmen Merino y Carlos Fernández del Real también me hicieron llegar algunos materiales que enviaron hombres íntegros como Heberto Castillo, Manuel Marcué Pardiñas, Armando Castillejos, José Revueltas, y las mujeres que visité en Santa Marta Acatitla, Roberta Avendaño, Ana Ignacia Rodríguez y Adelita Castillejos.

Se han publicado ya muchos libros sobre el 68, los más extraordinarios, los más analíticos, los de Carlos Monsiváis, pero quisiera mencionar antes que a nadie al refugiado de la Guerra Civil de España, el escritor y periodista Ramón Ramírez y a su actitud ante la vida y su trabajo invaluable por su meticulosidad. Cuando “México en la cultura”, el suplemento de Novedades que dirigía Fernando Benítez fue censurado, de todos los que salimos Ramón Ramírez fue el más afectado. No se quejó aunque para él perder su trabajo era muy duro. Lo recuerdo en alguna manifestación con su gabardina, alto, delgado, fino —los rasgos de su rostro denotaban su espiritualidad—, tomando apuntes, alerta como un mirlo. Su trabajo es el mejor, el más exacto, el más completo y aún no se le hace justicia.

La noche de Tlatelolco pertenece a los estudiantes . Está hecha con sus palabras, sus luchas, sus errores, su dolor y su asombro. Aparecen también sus “aceleradas”, sus errores, su ingenuidad, su confianza, su amor a la fiesta de la libertad. Sobre todo les agradezco a las madres, a los que perdieron al hijo, al hermano, el haber accedido a hablar. El dolor es un acto absolutamente solitario. Hablar de él resulta casi intolerable; indagar, horadar, tienen sabor de insolencia.

Este relato recuerda a una madre que durante días permaneció quieta, endurecida bajo el golpe y, de repente, como un animal herido —un animal a quien le extra- en las entrañas— dejó salir del centro de su vida, de la vida misma que ella había dado, un ronco, un desgarrado grito. Un grito que daba miedo, miedo por el mal absoluto que se le puede hacer a un ser humano; ese grito que todo lo rompe, el ay de la herida definitiva, la que no podrá cicatrizar jamás, la de la muerte del hijo.

A cuarenta años, todavía resuena el eco del grito de los que murieron y el grito de los que quedaron.

El Movimiento Estudiantil de 1968 fue la punta de flecha de otros “enloquecidos movimientos de pureza” en nuestro país. Otros José Revueltas, otros Leobardo López Arretche, otros Óscar Menéndez, otros Heberto Castillo, otras María Fernanda Campa, otros Gilberto Guevara Niebla, otros Raúl Álvarez Garín, otros Manuel Marcué Pardiñas, otros Armando Castillejos, otras Roberta Avendaño “Tita”, otras Ana Ignacia Rodríguez “Nacha”, otros Marcelino Perelló, otros Joel Ortega, otros Salvador Martínez de la Roca “El Pino”, otros Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, otros Félix Hernández Gamundi han aparecido en nuestro país. Allí está el EZLN(Ejército Zapatista de Liberación Nacional) para comprobarlo. A cuarenta años, la consigna “Dos de octubre no se olvida” se grita en la marcha anual en la que participan jóvenes que ni siquiera habían nacido. El Comité del 68 con Raúl Álvarez a la cabeza logró llevar al ex presidente Luis Echeverría al banquillo de los acusados y hoy vive detenido en su casa. Pero necesitamos que los responsables sean enjuiciados, que la historia de los jóvenes asesinados sea rescatada, necesitamos rendirles homenaje porque a ellos los mataron por creer que podían cambiar al mundo.

En cualquier otro país, la masacre de Tlatelolco habría causado una guerra civil. ¿Conjura comunista, conjura de la CIA? ¿Conjura de políticos mexicanos enemigos del gobierno? ¿Ambición de presidencialistas? ¿“Enloquecido movimiento de pureza” como lo llamó José Revueltas? Todavía no tenemos una explicación de lo sucedido. Cuatro décadas después no hay respuesta.

No cabe duda de que el Movimiento Estudiantil de 1968 fue punta de flecha de otras epopeyas que intentaron romper la homogeneidad y la corrupción gubernamental. El impulso de los estudiantes y su heroísmo jugó un papel importante en el triunfo en las elecciones de Cuauhtémoc Cárdenas, candidato de oposición y en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas y en los movimientos de resistencia pacífica que desde el 2006 salen de la plancha del Zócalo a todos los estados del país.

La matanza del 2 de octubre es una de las masacres más evidentes de los comienzos del terrorismo de Estado en América Latina. En Argentina, los familiares de los desaparecidos persiguen a los culpables, señalan su casa con pintura roja de sangre. En México, no tenemos aún el número exacto de muertos ni hemos enjuiciado a los responsables.

No pretendemos hacer justicia por mano propia pero señalar a los culpables es la única manera de que la historia no la escriban sólo los poderosos. Es la única manera de hacer más habitable un país, en el que mueren de hambre cinco mil niños al año.

Es de toda justicia que Tlatelolco, ese espacio en el que cayeron universitarios y politécnicos pertenezca hoy a la Universidad. Es de toda justicia recordar al rector Javier Barros Sierra. Es de toda justicia señalar a los responsables. En esta explanada hubo una matanza, esclarecer los hechos es el mejor homenaje que podemos rendir a los muertos y desaparecidos. ¡Qué gran vergüenza mirar la plaza día tras día sin saber cuántos ni quiénes eran! La tarea le corresponde a todo México, a cada quien desde su lugar. Es nuestro legado a los universitarios para que el crimen de Estado en el que participaron todas las instituciones no quede impune. Si no lo logramos seguirán los criminales corrompiendo a nuestro país.

Si no hay verdad y justicia, el 2 de octubre del 68 puede asolarnos de nuevo. La Universidad es la gran educadora, el barómetro moral de nuestro país y la primera de sus enseñanzas es la ética. A partir de ella, puede construirse el México que todos buscamos. Quizá nunca sepamos el número exacto de muertos en la noche de Tlatelolco. Sin embargo, resonará en nuestros oídos durante muchos años la pequeña frase explicativa de un soldado al periodista de El Día, José Antonio del Campo: “Son cuerpos, señor”.

Notas de la Revista de la Universidad de México

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