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Iniciamos el año 2014 pero en este documento escrito por la multi premiada y valiente Elena Poniatowska nos damos cuenta de las similitudes, y afirmaría que muchas de ellas en verdad, en el sentido social, económico y político de lo que sucedió hace más de 40 años en México y la situación actual en México.

1968 fue el año de Vietnam, de Biafra, del asesinato de Martin Luther King, del de Robert Kennedy (después del de su hermano John F. Kennedy, presidente de los Estados Unidos), de la reivindicación del pueblo negro, de los Black Panthers, de la Primavera Negra, de la invasión rusa a Checoslovaquia que escandalizó al mundo, del movimiento hippie de Peace and love que llegó hasta la humilde choza de la chamana María Sabina quien oficiaba la ceremonia de los hongos alucinantes (LSD) en Huautla de Jiménez, Oaxaca y, sin embargo, para México, el 68 tiene un solo nombre: Tlatelolco, 2 de octubre.

Ho Ho Ho Chi Minh
Díaz Ordaz, chin, chin, chin.

Ho Chi Minh, el maravilloso jefe de la República Democrática de Vietnam era una figura casi tan carismática para los estudiantes como el Che Gu e vara aunque hoy esté un poco olvidado. La guerra de los Estados Un i- dos en contra de Vietnam conoció el repudio absoluto de los estudiantes de Berkeley y a partir de 1963, las manifestaciones de protesta fueron continuas. Los jóvenes norteamericanos no sólo lucharon por el “Free Speech” (con el líder Mario Savio de origen italiano a la cabeza), la libertad de cátedra, la libertad de credo, sino que se negaron a acatar los designios gubernamentales y empresa- riales: entrar al proceso triturador del “Big Business” (sobre todo a la industria de guerra) y rechazaron categórica- mente el futuro que les tenían prometido. Se opusieron a la poderosa maquinaria estatal llevando una flor amarilla en los cabellos (que por cierto crecían alargando su antagonismo). Frente a la universidad, los estudiantes de Berkeley barbudos, greñudos y sin bañar detenían a los soldados recién enrolados: “Don’t go. This is genocide”. Les sonreían y hacían la V de la Victoria con dos dedos levantados, esos dedos que tanto enfurecieron al establishment y a la sociedad de la opulencia. Ir a Vietnam era cometer un crimen y los muchachos lo advertían con una flor en la mano: “Peace and love”.

No sólo eran los estadounidenses los rebeldes, los jóvenes del mundo entero alzaban la mano, algunos con el puño cerrado. Tenían mucho que reclamarle a la sociedad. ¿Qué mundo les heredaban sus padres? ¿Qué harían al graduarse? ¿Qué les ofrecía la sociedad de consumo? ¿Deseaban realmente ser parte de un engranaje de producción masiva? En Europa, las perspectivas de la juventud no eran más alentadoras. No había trabajo para los egresados de las universidades. ¿En dónde se emplearían? En América, en África, en Asia, en Australia, la migración y el rechazo al orden establecido se habían generalizado. “Si mi país no puede alimentarme, tengo que buscar otro”.

“La imaginación al poder”, “Entre más hago la revolución, más ganas me dan de hacer el amor, entre más hago el amor, más ganas tengo de hacer la revolución”, “Prohibido prohibir”, “No a la revolución con corbata”, “Tenemos una izquierda prehistórica”, “La policía está en la calle”, “Revolución: te amo”, “Todo poder abusa. El poder absoluto abusa absolutamente”, “Cada uno de nosotros es el Estado”, “Exagerar es comenzar a inventar”, “Debajo de los adoquines está la playa”.

En México, los estudiantes cantaban al son del corrido de Rosita Alvírez: “Año del 68, muy presente tengo yo, en un cuarto de los Pinos, Díaz Ordaz se desbieló, Díaz Ordaz se desbieló”. “Prensa corrupta”, “Prensa vendida”, “Aquí nadie se rinde”, “Policía escucha, tu hijo está en la lucha”, el gobierno perdía el quicio: “Reconsideren, vuelvan a clases, agradézcanle al gobierno su paciencia, no se dejen engañar por los agitadores y los profetas de la destrucción”.

Dentro de esas circunstancias de inquietud y descontento —no hay que olvidar que Vietnam estaba en guerra, primero con Francia y después con los Estados Unidos desde 1946—, se dio en varios países del mundo el gran re- chazo al orden establecido, a los partidos, a los gobiernos. En mayo de 1968 en París, el general Charles de Gaulle, el gran héroe de la Segunda Guerra Mundial, fustigó a los estudiantes que paralizaban la vida cotidiana de París y habían levantado barricadas con las piedras del pavimento, pintaban los muros de La Sorbonne y se rehusaban a entrar a clase. Cuando fue expulsado de Francia el líder estudiantil Daniel CohnBendit a quien, tanto el Partido Comunista como la derecha criticaron duramen- te, no sin dejar de aludir a su origen alemán y judío, los estudiantes tomaron las calles repitiendo una y otra vez:

“Nous sommes tous des juifs allemands”.
Todos somos judíos alemanes, todos somos judíos alemanes.

Las guerras quedaban olvidadas, los jóvenes eran uno solo, el repudio era de todos. Si en Francia, la falta de oportunidades, De Gaulle y su gobierno fueron el objetivo estudiantil, en México, el partido oficial, el PRI, la corrupción, el Presidente y su gabinete, el cuerpo policiaco de granaderos, los absurdos delitos de “Disolución Social”, “Asociación delictuosa” y “Ataques a las vías públicas” (de los que ya se había acusado a estudiantes que habían caído presos en julio y agosto de 1968 como Salvador Martínez de la Roca “El Pino” y Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, espantosamente torturado) fueron el detonador del movimiento del 68 al que el escritor José Revueltas llamó “enloquecido movimiento de pureza”.

¿Qué querían los estudiantes? En Ankara, en Berkeley, en Berlín, en Belgrado, en Madrid, en Praga, en Río de Janeiro, en Tokio, en Varsovia, en Nanterre, en París pedían que se les abriera otro futuro en una sociedad me- nos hipócrita y convencional. En México tampoco los jóvenes tenían su porvenir asegurado como tampoco lo tienen ahora. Ninguna lucha resultó tan bárbara como la mexicana que terminó en la masacre del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas.

Vallejo-libertad, Vallejo-libertad, Vallejo-libertad.

Demetrio Vallejo y Valentín Campa llevaban diez años en la cárcel. Eran dos líderes, dos conciencias libres, dos símbolos. Hacia ellos podían mirar los estudiantes. A lo mejor algunos ni conocían la gran huelga ferrocarrilera de 1958 pero sí sabían que eran dos hombres que se negaban a transar y que la condición de los asalariados en México era pésima. Claro, muchos jóvenes ignoraban lo que habían sido los movimientos sociales pero la Universidad y el Politécnico están allí para informar, “concientizar” (palabra eminentemente universitaria) poner en marcha, enseñar a pasar de la práctica a la acción. Los estudiantes querían ligar su movimiento a otros, al de los obreros y aunque jamás consiguieron su apoyo (una de las razones de su fracaso) hicieron varios intentos de acercamiento. “Obrero, toma tu volante, toma obrero” —decían las muchachas universitarias de minifalda y voz cantarina. Las grandes manifestaciones, la de agosto 13, la de agosto 27, la del Silencio, la del rector Javier Barros Sierra y su irreprochable conducta conmovieron a la juventud mexicana fuera o no universitaria. Más de quinientos mil estudiantes acompañados por padres y familiares descendían por el Paseo de la Reforma al Zócalo encendiendo el entusiasmo de espectadores hasta entonces indiferentes por no decir desarmados y a la expectativa. Muchos se emocionaron y se les unieron, México podía cambiar, incluir- los y crear una sociedad en la que cupieran todos. Hasta ese día, ninguna demostración antigubernamental en la historia de México había levantado tanta ámpula.

Y tanta esperanza.

El pliego petitorio estudiantil fue acusado de limita- do por algunos maestros. No había una sola petición académica, nada para mejorar el plan de estudios, fomentar la cultura y la ciencia, nada acerca del desarrollo universitario y politécnico. Sin embargo, políticamente resulto muy concreto,(pedía la disolución del cuerpo de policías llamados “granaderos”) a diferencia de las interminables sesiones del Consejo Nacional de Huelga en las que se podía comer, dormir, complotar y hacer el amor que según el 68 francés es una insuperable manera de ser revolucionario.

1. Libertad de todos los presos políticos.
2. Derogación del artículo 145 del Código Penal Federal.
3. Desaparición del cuerpo de granaderos.
4. Destitución de los jefes policiacos Cueto, Mendiolea y Frías.
5. Indemnización a los familiares de todos los muertos y heridos desde el inicio del conflicto.
6. Deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos.

La situación era crítica. Al gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz el país se le estaba yendo de las manos y eso en el año de las olimpiadas. Por primera vez, los juegos olímpicos se llevarían a cabo en un país del tercer mundo (concepto acuñado por De Gaulle). En la Ciudad de México, nuestra fachada se levantó en menos de un año, surgieron la Villa Olímpica, los conjuntos deportivos, los estadios y hasta una innovación: la olimpiada cultural para exhibir las riquezas espirituales de México, su aportación intelectual al mundo. Vendrían poetas del mundo entero, Eugenio Yevtuchenko de Rusia, Pablo Ne ruda de Chile, Octavio Paz, nuestro embajador en la India, Nicolás Guillén de Cuba y muchos más. Después de la Segunda Guerra Mundial, México vivía un florecimiento; invertir en México era seguro y luían los capitales extranjeros. A partir del sexenio alemanista (1946-1950) México se dispuso a ser catapultado en el siglo XXI. A diferencia del Tata Cárdenas, el gobierno abandonó el cultivo de la tierra para volver empresarios a los campesinos y entrara la modernidad con todo y nuestros rezagos. Según los ilusos, con los tramposos programas gubernamentales los pobres de México pronto serían vigorosos industriales.

En un 95 por ciento los turistas provenían de los Estados Unidos y teníamos que cumplir sus expectativas. Ya de por sí se despedían encantados por lo barato de nuestras platerías, lo imponente de nuestros paisajes, lo impronunciable de nuestros volcanes. Haber sido escogidos por Avery Brundage, el presidente del Comité Olímpico Internacional como sede de la XIX olimpiada en 1968 era el mayor premio que el PRI, el partido revolucionario institucionalizado podía alcanzar. ¡Qué gloria ser el anfitrión de esta fiesta de proporciones gigantescas! La verdad, México, cornucopia de la abundancia, merecía ese triunfo.

Tras la construcción de los edificios que albergarían a los deportistas, se escondía la miseria, la gente des- calza, los niños panzones, los campesinos sin comer, la jerarquización de una sociedad hostil a los olvidados de siempre, la crueldad de un gobierno dispuesto a aparentarlo todo. Eso sí, en las entrañas de la ciudad, correría en el futuro un Me t ro más moderno que el de París, aunque en las entrañas de la mayoría de los mexica- nos no corrieran sino tortillas con sal. El PRI-gobierno intentaba demostrarle al mundo que había que seguir invirtiendo en México, que nuestro país era un modelo a seguir, que el futuro de América Latina dependía de nuestra guía, que éramos su hermano mayo r, el vecino confiable e interlocutor de los Estados Unidos —el país más poderoso de la tierra. ¡Qué impresionada le íbamos a dar al mundo! Por más exorbitantes que fueran los gastos, millones de dólares entrarían en el futuro porque los seducidos visitantes trasladarían sus c u e n t as bancarias a nuestro paraíso fiscal y recuperaríamos el oro que se lleva ron nuestros primeros conquistadores.

“No queremos olimpiadas, queremos revolución. No queremos olimpiadas, queremos revolución”.

¡Ah que los muchachos antipatriotas y saboteadores! Los ciento cuarenta y seis días, duración del Movimiento Estudiantil, fueron de fervor. Quienes participaron jamás los olvidarán. La Universidad actuó como la gran protectora de sus estudiantes y muchos de ellos se guarecieron en las aulas y hasta durmieron en los corredores con tal de no perder una sola de las asambleas. Toda la noche ronroneaba la fotocopiadora, la UNAM proveía el papel. En las aulas, los días se iban en las ardientes tareas de imprimir volantes, reunir botes de Mobil-Oil y forrarlos con las letras CNH (Consejo Nacional de Huelga) y salir volando a la calle a hacer colectas. La euforia de la planeación de los mítines y de las grandes marchas resultó desbordante. Hombres y mujeres vivían los mejores días de su vida pasada y futura, nada mejor podía sucederles. La camaradería es un elixir, una pócima sagrada. Guillermo Haro, director del Instituto de Astrofísica sonreía al oír una voz juvenil anunciar “UNAM, territorio libre de México” amplificada por los magnavoces. La actriz Margarita Isabel era una castañuela en sus mítines relámpago ,materia memorable porque fascinaba todos, la Tita, Roberta Avendaño, una figura entrañable a la que había que cargar entre cuatro para escapar de las macanas de los granaderos y saltar la barda. Marcelino Perelló, el líder estudiantil más guapo y no se diga Gilberto Guevara Niebla que rechazaba con la fuerza de su belleza (y de su palabra, claro está) un sistema social jerárquico y autoritario.

La toma de Ciudad Universitaria en el mes de septiembre y la detención de quinientos universitarios lleva- dos en camiones abiertos del ejército, estudiantes, maestros e investigadores indignaron a todos. Los estudiantes rodea- ron a su rector Javier Barros Sierra que los defendía confrontando personalmente al Presidente de la República. Guillermo Massieu, director del Politécnico, nunca les dio semejante protección a sus estudiantes. Los ciento cuarenta y seis días para los muchachos del Poli fueron de persecución policiaca, temor, falta de oportunidades y rechazo total en un rumbo de la ciudad —el norte — , mucho más pobre que el universitario y por lo tanto mucho más expuesto a las detenciones y las razias policiacas. Las marchas, las colectas, los pleitos entre marxistas-leninistas y maoistas, la quema de camiones, los desplegados en el periódico El Día que dio seguimiento a las actividades del Consejo Nacional de Huelga, los comunicados, los artículos de simpatizantes como Francisco Martínez de la Vega, José Alvarado, María Luisa Mendoza, Gastón García Cantú, amigo personal de don Javier Barros Sierra, Froylán López Narváez, Hugo Hiriart, José Muñoz Cota, Luis Suárez, Carmona Nenclares, Fernando Benítez y Carlos Monsiváis que seguían esta larga marcha(a veces jubilosa, otras aterradora porque había muertos y encarcelados) terminó en la Plaza de las Tres Culturas, el 2 de octubre de 1968, a las seis y diez de la tarde, bajo la lluvia, con la entrada del ejército que comandaba el general Hernández Toledo (herido en el pecho) y del Ba t a- llón Olimpia situado en las azoteas de los edificios circundantes compuesto por hombres vestidos de civil, que llevaban un guante blanco o un pañuelo para identificarse, que en una confusión absoluta desataron la balacera.

Los testimonios coinciden en que la repentina aparición de un helicóptero que aventó luces de bengala verde en el cielo de la Plaza de las Tres Culturas de la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco, desencadenó la balacera que convirtió el mitin estudiantil del 2 de octubre en la tragedia de Tlatelolco.

A las 5:30 del miércoles 2 de octubre de 1968, aproximadamente diez mil personas se congregaron en la explanada de la Plaza de las Tres Culturas (así llamada porque preserva el mundo precortesiano en las ruinas arqueológicas, el de la Colonia, en el Convento Franciscano, y la época moderna en el edificio de Relaciones Exteriores (que ahora pertenece a la UNAM y exhibe en forma permanente las imágenes y los testimonios de la masacre) para escuchar a los oradores del Consejo Nacional de Huelga quienes, desde el balcón del tercer piso del edificio Chihuahua, se dirigían a la multitud compuesta en su gran mayoría por estudiantes, hombres y mujeres, vendedores ambulantes, amas de casa con niños en brazos sentadas en el suelo, habitantes de la Unidad, transeúntes que se detuvieron a curiosear, los habituales mirones y muchas personas que vinieron a asomarse. El ambiente era tranquilo a pesar del enorme despliegue de fuerza de la policía, el ejército y los granaderos. Los estudiantes en la plaza repartían volantes, hacían colectas en botes con las siglas CNH, vendían periódicos y carteles y, en el tercer piso del edificio, además de los reporteros que cubren las fuentes nacionales, corresponsales y fotógrafos extranjeros invitados por los estudiantes miraban con curiosidad el otro lado de la luna: el México que nada tenía que ver con los juegos olímpicos que habrían de iniciarse diez días más tarde.

“El Movimiento va a seguir a pesar de todo”, “… se ha despertado la conciencia cívica y se ha politizado a la familia mexicana”, un orador propuso el boicot contra el diario El Sol. Un grupo de trabajadores que portaba una manta: “Los ferrocarrileros apoyamos el Movimiento y desconocemos las pláticas Romero Flores-GDO”, fue recibido con aplausos. El grupo ferrocarrilero anunció paros escalonados desde “mañana, 3 de octubre, en apoyo del Movimiento Estudiantil”.

Cuando los líderes vieron el gran despliegue de fuerza del ejército, la policía y los granaderos, decidieron disolver el mitin y pidieron a la multitud que regresara a su casa. Un estudiante anunció a las 6:10 que la marcha al Casco de Santo Tomás del Politécnico estaba cancela- da en vista del despliegue de fuerzas públicas, surgieron en el cielo las tres luces de bengala que hicieron que los concurrentes dirigieran automáticamente su mirada hacia arriba. Se oye ron los primeros disparos. La gente se alarmó. A pesar de que un líder del CNH, desde el tercer piso del edificio Chihuahua, gritaba por el magnavoz: “¡No corran compañeros, no corran, son salvas!… ¡No se vayan, no se vayan, calma!”, todos huyeron despavoridos y muchos caían en la plaza, en las ruinas prehispánicas frente a la iglesia de Santiago Tlatelolco. Se oía el fuego cerrado y el tableteo de las ametralladoras. A partir de ese momento, la Plaza de las Tres Culturas se convirtió en un infierno.

Nos lo dice el periodista José Luis Mejías (“Mitin trágico” Diario de la Tarde, México, 5 de octubre de 1968): “Los individuos enguantados sacaron sus pistolas y comenzaron a disparar a boca de jarro e indiscriminadamente sobre mujeres, niños, estudiantes y granaderos…”. A los primeros disparos cayó el general Hernández Toledo, comandante de los paracaidistas, y de ahí en adelante, con la embravecida tropa disparando sus armas largas y cazando a los francotiradores en el interior de los edificios, ya a nadie le fue posible obtener una visión de conjunto de los sangrientos sucesos”. Pero la tragedia de Tlatelolco dañó a México mucho más profundamente de lo que lamenta El Heraldo, al señalar los graves perjuicios al país en su crónica (“Sangriento encuentro en Tlatelolco”, 3 de octubre de 1968): “Pocos minutos después de que se iniciaron los combates en la zona de Nonoalco, los corresponsales extranjeros y los periodistas que vinieron aquí para cubrir los juegos olímpicos comenzaron a enviar notas a todo el mundo para informar sobre los sucesos. Sus informaciones —algunas de ellas abultadas— contuvieron comentarios que ponen en grave riesgo el prestigio de México”.

Según Claude Kiejman, la corresponsal del diario Le Monde, algunos corrieron hacia la iglesia de Santiago Tlatelolco y gritaron:

—Ábrannos, ábrannos.
Los frailes franciscanos hermanos-lobo mantuvieron cerrada la puerta a sus hermanos-niños.

A Claude Kiejman, a Jean François Held y a muchos más los mantuvieron con los brazos en alto bajo la lluvia. Dos mil personas fueron arrestadas. Los familiares quedaron sin noticias y anduvieron peregrinando de los hospitales a los anfiteatros buscando a sus hijos. De veintinueve, el número oficial de los muertos (dado por la prensa de México) pasó a cuarenta y tres. Los periódicos recibieron una orden tajante: “No más información”. En el diario Novedades uno tras otro fueron rechazados los artículos que escribí, inclusive una entrevista con Oriana Fallaci, herida en el mitin de Tlatelolco al que había sido invitada. La encontré indignada en su cama del Hospital Francés. Hablaba por teléfono con algún jefe del Parlamento italiano para exigir a gritos que la delegación italiana cancelara su viaje a las olimpiadas. Por fin accedió a decirme: “¡Que salvajada! Yo he estado en Vietnam y puedo asegurar que en Vietnam durante los tiroteos y los bombardeos (también en Vietnam señalan los sitios que se van a bombardear con luces de bengala) hay refugios, trincheras, agujeros, qué se yo, a donde correr a guarecerse. Aquí no hubo la más remota posibilidad de salvación. Al contrario. Tiraron sobre una multitud inerme en una plaza que es en sí una trampa. La multitud no tenía escapatoria. Yo estaba tirada boca abajo en el suelo, cuando quise cubrir mi cabeza con mi bolsa para protegerme de las esquirlas un policía apuntó el cañón de su pistola a unos centímetros de mi cabeza: ‘No se mueva’. Yo veía las balas incrustarse en el piso de la terraza a mi alrededor. También vi cómo la policía arrastraba de los cabellos a estudiantes y a jóvenes y los arrestaban. Vi a muchos heridos, mucha sangre, hasta que me hirieron a mí y permanecí en un charco de mi propia sangre cuarenta y cinco minutos. Un estudiante junto a mí repetía: ‘Valor, Oriana, valor’. La policía jamás atendió a mi petición reiterada: ‘Avísenle a mi embajada. Soy una periodista italiana’. Todos se negaron hasta que una mujer me dijo: ‘Yo voy a hacerlo’”.

Rodolfo Rojas Zea fue el joven periodista que invitó a Oriana Fallaci y la cubrió con su cuerpo a la hora de los balazos y resultó herido en el glúteo y en el muslo por una MI, afortunadamente de rebote porque si no le destroza la pierna aunque las esquirlas todavía le impiden caminar como antes. Oriana recibió un balazo cerca de la cintura, pero sólo la rozó. Ambos vieron muchos cuerpos tirados en la plaza. La información de Rojas Zea, que escribió su reportaje a pesar de sus heridas, fue mutilada. Los periódicos no informaron. Salvo honrosas excepciones, la censura silenció las conciencias.

El mismo 2 de octubre cuando la doctora en antropología Margarita Nolasco logró salir de la Plaza de las Tres Culturas de Santiago Tlatelolco abrió la ventanilla del taxi que la llevaba a su casa y gritó a los peatones que se encontraban a la altura de la Casa de los Azulejos. —¡Están masacrando a los estudiantes en Tlatelolco! ¡El ejército está matando a los muchachos!

El taxista entonces la reprendió:
—Suba usted la ventanilla, señora, porque si sigue haciendo esto, señora, tendré que bajarla del coche.
Él mismo cerró la ventanilla.

La vida seguía como si nada. Margarita Nolasco perdió el control: “Todo era de una normalidad horrible, insultante, no era posible que todo siguiera en calma”. Nadie se daba por enterado. El flujo interminable de los automóviles subiendo por la avenida Juárez seguía su cauce, río de acero inamovible. Nadie venía en su ayuda. La indiferencia era tan alta como la de los rascacielos. Además llovía.
El periodista José Alvarado escribió: “Había belleza y luz en las almas de los muchachos muertos. Querían hacer de México morada de justicia y verdad, la libertad, el pan y el alfabeto para los oprimidos y olvidados. Un país libre de la miseria y el engaño. “Y ahora son fisiologías interrumpidas dentro de pieles ultrajadas.

“Algún día habrá una lámpara votiva en memoria de todos ellos”.

Después de todo, Tlatelolco era sólo un enclave dentro de la ciudad más grande del mundo, el Movimiento Estudiantil sólo una revuelta de jóvenes imberbes que creían que la ciudad era suya, que podían cantar de alegría y dejar salir al poeta que traían adentro, a su ángel de la guarda, al ego, al subconsciente, a la entrega, al amor por el otro, a las fuerzas del bien y del mal, adolescentes ingenuos que se imaginaron que las quinientos mil personas que marchaban junto a ellos en las grandes manifestaciones eran sus camaradas y los iban a proteger siempre, que apoyados por la multitud serían invencibles, jóvenes alucinados y espléndidos que creían poder gritar impunemente frente al balcón presidencial al entonces jefe de la nación (y sobre todo jefe del Ejército Mexicano) Gustavo Díaz Ordaz:

Sal al balcón, hocicón, sal al balcón, bocón.

Publicado en la Revista de la Universidad de México

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