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El tifón Haiyan, que devastó Filipinas, es tan solo el último de una serie de catástrofes naturales que están causando estragos en innumerables vidas humanas.

Las supertormentas, así como otras catástrofes naturales extremas como los tsunamis, los terremotos, las inundaciones, las olas de calor o las sequías, destrozan siempre vidas, hogares y comunidades.

Asimismo, causan graves daños a las economías locales y a los mercados internacionales al romper las cadenas de suministro establecidas.

Se estima que cada año mueren unas 80.000 personas en todo el mundo a causa de los desastres naturales, que también ocasionan perjuicios, en mayor o menor medida, a otros 200 millones de personas. Las pérdidas económicas pueden llegar a los 100.000 millones de dólares al año.

Un informe de la Institution of Mechanical Engineers de Reino Unido, en el que ha colaborado el profesor del IESE Adrian Done, ofrece algunas recomendaciones sobre cómo prepararse y responder a estos desastres naturales. Sus propuestas van más allá de las medidas a corto plazo e inciden en la necesidad de implementar medidas de seguridad y previsión a largo plazo.

Las catástrofes naturales son una de las doce tendencias globales que pueden suponer obstáculos importantes para el mundo de la empresa en el futuro y que el autor recogió en el libro Global Trends.

Prepararse para las tendencias emergentes
Con el crecimiento urbanístico, especialmente en las vulnerables áreas costeras, cada vez más personas se verán afectadas por eventos naturales extremos.

Si no se gestiona con criterio, la expansión de las ciudades costeras puede eliminar barreras naturales contra las inundaciones, haciendo más vulnerables el territorio y las personas que lo habitan frente a los desastres.

Esta tendencia afecta especialmente a la zona de Asia y el Pacífico. En las tres últimas décadas, el 40% de las pérdidas relacionadas con desastres naturales se dieron en esta región, que alberga un porcentaje significativo de la producción mundial.

Sin ir más lejos, las consecuencias globales del tsunami que asoló Japón en marzo de 2011 se siguen notando hoy en día.

Los expertos predicen que en el año 2050 el 75% de la población mundial vivirá en ciudades y que el 95% del crecimiento urbano se producirá en países en vías de desarrollo, muchos de los cuales tienen carencias en las infraestructuras relacionadas con el agua, la alimentación y la salubridad.

Sin duda, la comunidad mundial necesita un plan que aborde estas tendencias, de forma que la población no acabe viviendo en condiciones infrahumanas a resultas de los desastres naturales extremos, tal y como ocurrió tras el terremoto de Haití en 2010.

Esquema para un futuro más seguro
El informe propone una estrategia en tres pasos para lograr un futuro más estable:
• Destinar más fondos de desarrollo internacional a aumentar la resiliencia de los países en vías de desarrollo
• Desarrollar las competencias locales mediante la transferencia de conocimientos
• No perder de vista la perspectiva a largo plazo en la respuesta a corto plazo
En el periodo de tiempo inmediatamente posterior a un desastre natural, se destinan recursos ingentes a socorrer a las víctimas y garantizar que necesidades básicas como el agua, la comida, el alojamiento y las condiciones mínimas de salubridad estén cubiertas.

No obstante, además de estas medidas de emergencia, es importante implementar planes que fortalezcan la resiliencia local, es decir, que ayuden a estas comunidades a tomar las riendas de la reconstrucción para que salgan fortalecidas del desastre. Las ayudas para el desarrollo, por ejemplo, pueden maximizarse invirtiendo más en preparación y resiliencia.

Cada dólar invertido en la resiliencia de las comunidades podría ahorrar hasta cuatro dólares en las ayudas posteriores a una catástrofe. Y lo que es más, mejoraría las condiciones de vida y permitiría destinar las ayudas económicas a otros proyectos.

Todas las empresas que dependen de cadenas de suministro globales deberían apoyar la transferencia de conocimientos y habilidades para fomentar la resiliencia en los países en vías de desarrollo.

La mejora de las normativas y estándares en las construcciones, el know-how práctico en materias de ingeniería y la formación en áreas relevantes pueden servir para mejorar las competencias locales allí donde más se necesita.

Tratar de resolver estas cuestiones precisará una importante inversión de tiempo, dinero y esfuerzo intelectual. Pero dicha inversión tiene un valor incalculable porque aportará estabilidad a individuos, comunidades y la economía global.

Además de mitigar amenazas, facilitar mejores condiciones de vida y mejorar la eficiencia de las ayudas, promover la resiliencia de las comunidades puede generar sorprendentes oportunidades para hacer negocios de forma ética, sostenible y beneficiosa para todas las partes, lo que a la postre garantizará un futuro mejor para todos.

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