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México tiene en los tianguis una rica y continuada tradición.

El más antiguo no es el que cree; más antiguo es el comercio, que apareció antes. Primero alguien ofreció y después otro pagó de diversas formas. Se vendió y se compró, iniciándose así el comercio, que es una de las actividades humanas más antiguas, que se remonta a los orígenes de la civilización; pues comer y vestir son necesidades universales. Esta actividad milenaria ha tenido muchas y diversas formas; propició el trueque, la aparición de las monedas y billetes, la invención de la banca, las letras de cambio, los pagarés y las transacciones en la bolsa —antecedentes del ahora omnipresente manejo electrónico de las actividades comerciales.

Si se analizan los espacios en donde se han realizado las actividades comerciales, se puede ver cómo se han creado, adaptado y modificado, hasta convertirse en los edificios actuales. Su evolución prueba que, por encima de nombres y figuras, ha sido la participación de hábiles promotores, constructores y arquitectos, la que ha hecho posible desarrollar esa gran variedad de edificios.

En la conformación de las primeras ciudades se construyeron también zonas dedicadas a vender y comprar bienes. Los mercados fueron primero temporales; y en este aspecto México tiene en los tianguis una rica y continuada tradición. La primera evolución de los mercados fue asegurar la permanencia de esos espacios; se construyeron así locales fijos y techados para alojar a los comercios. Muchas ciudades antiguas, como las de Oriente Medio, o las europeas, conservan restos de esas construcciones. En Egipto, Grecia y la antigua Persia hay restos de construcciones comerciales. Posteriormente, en Roma se construyeron tiendas y locales destinados al comercio y en la ciudad imperial, como correspondía a su importancia, se construyeron también grandes obras para servicio del pueblo, como baños, teatros, foros, templos y mercados públicos cubiertos; como el de Trajano —cuyos restos aún se conservan. En Mesoamérica hay evidencia de grandes mercados en las principales ciudades, incluida la de Tenochti
tlán; de cuya magnificencia fue testigo Bernal Díaz en su famosa crónica.

La siguiente evolución en los espacios comerciales se realizó en el Oriente, a lo largo de la legendaria ruta de la seda —anterior al surgimiento del Islam— cuya actividad comercial sembró bazares en las principales ciudades, desde China hasta Oriente Medio. Algunas tienen aún bazares en esa ruta, construidos desde entonces en Samarcanda, Tashkent, Isfahan, Bokara, Bagdad, Damasco, Jerusalén, y Estambul. El bazar era un conjunto de calles cubiertas, con plazas, pórticos, fuentes, baños, chaikanas y caravenserais, que se conformó a lo largo de los siglos, ofreciendo a los viajeros un espacio seguro para las actividades comerciales. Esa ruta permitió que en viajes de ida y vuelta muchas especias, alimentos y frutas del extremo Oriente, se incorporaran a la dieta de los habitantes de las principales ciudades europeas haciendo florecer el comercio.

En Occidente, desde la caída del Imperio Romano, no existió una actividad similar, pues los reinos y feudos no tenían la fuerza política y económica que lograron algunos de los Califatos Islámicos: como los de Damasco o Córdoba; aunque ciertos puertos en el Mediterráneo mantenían intercambio con Oriente Medio. En la Europa medieval la actividad comercial se dio en los mercados, con pequeñas tiendas y almacenes, y esa solución se mantuvo sin grandes transformaciones hasta el siglo XIX.

Notas de Don Antonio Toca

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