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Me complace compartir con Ustedes un artículo de Elena Poniatowska, sobre todo por tocar un tema tan sensible y sobre todo por mencionar de una gran persona, madre y ejemplo como lo es Walentyna Grycuk de González a quien tengo el honor de conocer y estimar.

La guerra mata, la guerra separa, la guerra es siempre una afrenta que acaba con los hombres. En la Segunda Guerra Mundial murieron 38 millones de hombres y mujeres. Veinte millones eran rusos; 4 millones, polacos; 6 millones, judíos y casi 2 millones yugoeslavos.

La Segunda Guerra Mundial se inició cuando Hitler invadió Polonia el 17 de septiembre de 1939 y deportó a ciudadanos polacos a Siberia, Uzbekistán y Kazajstán.

México abrazó a muchos refugiados, primero, en 1939, a los republicanos españoles (deberíamos recordar a los niños de Morelia) y más tarde a polacos.

León, Guanajuato, abrió sus puertas a dos contingentes de polacos, hombres mujeres y niños, el primero, el 1º de julio de 1943; el segundo, el 2 de noviembre de 1943.

La casa en la hacienda Santa Rosa, con su techo de tejas, sus ventanas cuadradas, el espesor de sus muros de piedra resultó providencial. Tenía mucho de europea, bajo el maravilloso cielo azul de México. Muchos niños la dibujaron como el albergue de su felicidad. En ella vivieron mil 453 polacos que habían padecido los bombardeos, habían visto entrar los tanques blindados de Hitler, habían sufrido en campos de trabajo forzado y dormido en barracas, habían descubierto lo que es tener hambre y finalmente, antes de llegar a México habían sido expulsados de Siria y de Irán para terminar espantados en un refugio en India.

México ofreció recibir a 30 mil polacos y Manuel Ávila Camacho y el extraordinario general Vladislao Sikorsky (quién estableció un gobierno polaco en el exilio, en Londres, Inglaterra) firmaron un acuerdo cuya vigencia duraría mientras durara la guerra y los polacos pudieran regresar a su tierra.

Gracias al capitán Henryk Stebelski, quien fue encargado comercial de la Embajada de Polonia en París y un patriota extraordinario, se salvaron miles de refugiados que huían de los alemanes. Stebelski se responsabilizó de hacerlos cruzar el Pacífico, los tranquilizó durante un viaje muy peligroso porque los submarinos japoneses atacaban a los barcos aliados y los acompañó desde su campamento en California hasta México. Su hijo, Vojtek Stebelski, quien también es un hombre de una extraordinaria calidad humana, puede estar orgulloso del patriotismo y el amor de su padre a Polonia. Y a México.

Los polacos, conducidos por Stebelski, llegaron de la India a través de Irán en el USS Hermitage (antes habían estado en Siberia) a Santa Anita, California, en el que fueron concentrados por las autoridades estadunidenses hasta enviarlos a México en trenes cerrados, los hombres separados de las mujeres, rigurosamente vigilados con las ventanillas cubiertas hasta llegar a El Paso. Allí la situación cambió por completo. En los Ferrocarriles Nacionales, ya nadie los intimidó, pudieron abrir las ventanillas y respirar y después de cuatro días de libertad llegaron a la estación de León, Guanajuato, rebosante de banderas rojas y blancas, los colores de Polonia y de personas que los vitoreaban y repartían dulces y abrazos. ¡Qué extraordinaria bienvenida! Ningún polaco la ha olvidado. “Fue un milagro, todo lo que he aprendido en mi vida se lo debo a Santa Rosa, León, Guanajuato”, “México es el país al que más amo sobre la tierra”. “Para un niño que lo ha perdido todo, México lo hizo recuperar su niñez”.

La diferencia con el recibimiento en Estados Unidos fue enorme. Allá todo era supervisión y eficacia del Departamento de Estado que transfería a los refugiados a distintas ciudades, en México, todo fue calor, simpatía, curiosidad y alegría. La gente de Nuevo León quería conocer a “los güeritos” de ojos azules. Para los polacos, aquel abrazo solidario calentó su corazón, tan es así que varias niñas polacas, (entre ellas Walentyna Grycuk de González, Francisca Pater de Luna, Alexandra, Grzybowicz Villalobos) se quedaron en León y tuvieron hasta 10 hijos con un buen marido mexicano (y un número considerable de nietos) y años más tarde, Chester Sawko, un huérfano que se hizo rico con una empresa llamada Coil Springs, valuada en 130 millones de dólares, regresó de Chicago a Santa Rosa a dar un banquete fabuloso a los leoneses para agradecer su hospitalidad en la misma Santa Rosa, a la cual llamó su pequeña Polonia y su paraíso perdido.

El filántropo Chester Sawko murió días antes de esta última reunión de los polacos en León, ciudad bien amada en la que construyó una escuela y una clínica en agradecimiento a la bondad leonesa.

México y, sobre todo, León, Guanajuato, les dio la posibilidad de olvidar los tormentos de la guerra. Erik Kelly, de Estados Unidos, llegó a la hacienda de Santa Rosa para dar soluciones al más urgente de los problemas: ¿cómo sobrevivir? Entre los recién llegados había varios campesinos, por lo que fue fácil montar una granja que produjera alimentos. Sembrar y cosechar resultó una tarea muy grata. También se instalaron talleres que formaran a futuros zapateros, carpinteros, plomeros, electricistas, costureras, sastres, hombres y mujeres capaces de mantenerse a sí mismos y de ganarse la vida en el futuro.
Era importante serenar a los niños y sobre todo lograr que no interrumpieran su enseñanza por lo que los responsables leoneses convirtieron el antiguo molino en escuela. Los niños tuvieron una maestra polaca, aprendieron oficios, además cultivaban hortalizas para su comunidad. Tenían a su disposición materiales didácticos, juguetes, una alberca y a veces daban paseos fuera de la hacienda, de modo que pudieron hacer amistad con los niños de León. El sacerdote Jozeft Jarzern y la maestra Sofía Orlowaska impulsaron la educación y el bienestar de los huérfanos.

La antigua hacienda fue un ejemplo de crecimiento. Tuvieron un pequeño hospital con pabellones para enfermos contagiosos, salas de consulta, cámara mortuoria y consultorio dental. Además de los baños y lavaderos se hizo un mercado, una panadería, una biblioteca, un teatro y el orfanato con sus dormitorios, sala de recreo, enfermería y almacenes.

Gracias a Cristina y Vojtek Stebelski pude ir el 29 de junio al homenaje de agradecimiento que los polacos rindieron a México y en particular a la hacienda de Santa Rosa, en León, Guanajuato, en el teatro María Grever, en el 70 aniversario de la llegada a México de mil 500 refugiados polacos de la Segunda Guerra Mundial.

Además de la película Santa Rosa: odisea al son del mariachi, de Slawomir Grunberg, quien es un excelente camarógrafo y del entusiasta documentalista Piotr Piwowarczyk, Piotr, quien ha filmado otra cinta notable sobre Irene Selser, una polaca que salvó a muchos judíos durante la guerra, escuché a Vojtek Stebelski recordar a su padre Henryk, quien se responsabilizó desde la India de los polacos que sin él habrían tenido otro futuro.

De todos los discursos, el más conmovedor y el más dramático fue el de la embajadora de Polonia, Anna Niewiadomska, extraordinaria representante de ese país en México. Rubia, dentro de su vestido negro, recordó la grandeza de México al recibir los refugiados no sólo de Polonia sino de muchos países europeos y enfatizó por encima de todo la delicadeza solidaria de los leoneses y del gobierno mexicano tanto con los adultos como con los niños que iban descendiendo del tren después de un viaje repleto de atrocidades.

Una abogada polaca de 38 años, Joanna Matías, llamó la atención de la concurrencia porque, después de 30 años, vino desde Varsovia a buscar a su abuelo, biólogo; simplemente tomó un avión y luego un autobús para llegar a Santa Rosa. Aunque falleció hace años, Joanna (protagonista de Odisea al son del mariachi) quiso saber cuál había sido su vida e incluso antes viajó a Chicago, donde viven un millón de polacos que se reúnen en una iglesia.

Es indudable que para los polacos la religión católica ha sido una piedra de toque y un elemento aglutinador.
Contar la historia de los huérfanos que llegaron a la hacienda de Santa Rosa no sería suficiente para imaginar su sufrimiento durante la guerra, pero sí bastaría para saber lo mucho que agradecieron la hospitalidad de los mexicanos que los abrazaron y les dieron fuerza para que pudieran siguieran adelante.

Son muchos los polacos notables en México: Ludwik Margules; Henryk Szeryng; Eva María Zuk; la pintora y grabadora Fanny Rabel; Helen Krauze; Henryk y Betka Stebelska; Zygmund Merdinger; Marek Keller, a quién México lo condecoró con el Águila Azteca; las jóvenes actrices Ludwika y Dominika Paleta, hijas del violinista Zbigniew Paleta; las pintoras Basha Batorska y Anna Zarnecki, quien fue presidenta de la Cruz Roja, cuya obra recoge ahora su orgulloso nieto para hacer un documental.
Estos polacos sobresalientes han entregado a nuestro país los mejores años de su vida y demuestran con su gratitud y su creatividad que México hizo bien en recibirlos.

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