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Los países de la eurozona han tomado medidas contundentes para resolver los problemas fiscales que sufren como consecuencia de la crisis. Sin embargo, un análisis más amplio del contexto económico dibuja otros frentes en los que se debería actuar para impulsar la recuperación.

Caso por caso

En los años previos a la crisis, la deuda de la eurozona en su conjunto era inferior a la de otras economías desarrolladas, como Japón, Reino Unido o Estados Unidos. Aun así, la evolución del nivel de deuda de cada uno de los Estados miembros ha tomado un cariz muy diferente.

¿Cómo va a lidiar la eurozona con la enorme deuda de Grecia? ¿Podrán financiar España e Italia una deuda a corto plazo cuyo coste no deja de aumentar? ¿Cómo van a crecer algunos países del sur de Europa habida cuenta de la feroz competencia que afrontan?

La gravedad de estos problemas no permite caer en la complacencia, sobre todo cuando se ahonda en las particularidades de cada uno de los países.

Una tragedia griega

La fórmula para resolver la abultada deuda griega suscita dudas sobre el crecimiento y la financiación de otros países de la eurozona.

La lógica inicial era que, si un país demostraba su capacidad para crecer además de comprometerse con una serie de reformas estructurales y de consolidación fiscal, ello bastaría para inspirar confianza y obtener financiación en los mercados. Pero lo cierto es que el rescate permitió a Grecia prescindir de los mercados para cubrir sus necesidades financieras durante al menos tres años.

Al final, esta estrategia ha tenido un éxito limitado, lo que indica que tal vez la lógica no era tan perfecta como parecía al principio.

El contexto de la eurozona precisa de otra estrategia. Los Estados miembros no pueden recurrir a la devaluación, pues comparten una moneda única, por lo que una recuperación a corto plazo basada en las exportaciones va a ser mucho más lenta que en otros países.

Por ello, no es probable que un aumento rápido de la confianza se traduzca en una recuperación a corto plazo. Además, sacar a un país de los mercados financieros durante cierto tiempo es una estrategia aún más arriesgada, ya que perjudica su eventual regreso.

Estas deficiencias se han hecho patentes en el caso de Grecia, lo que ha llevado a diseñar un nuevo programa.

Quien mucho abarca…

El tamaño presenta otro problema. Es posible que los países más pequeños hayan podido hacer frente a los recortes exigidos al sector público, pero no ha sido así en el caso de los más grandes, como España e Italia, ya que a sus Gobiernos les ha costado recabar el apoyo político necesario para adoptarlos.

Los inversores comprendieron las dificultades de lo que se exigía a los Gobiernos en materia de gasto público y han sido conscientes de que estos compromisos no eran sostenibles.

El exceso de voluntarismo ante unos objetivos materialmente imposibles de alcanzar ha resultado ser uno de los mayores obstáculos en la senda de la recuperación económica.

En situaciones de crisis, el banco central de un país actúa como último recurso de financiación. Es lo que ha hecho en este caso el Banco Central Europeo al comprar deuda de los países de la eurozona en los mercados secundarios. Pero su intervención ha tenido un efecto pasajero en el mejor de los casos.

Los mercados han advertido el limitado margen de maniobra del BCE. Y, en general, han percibido la compra de deuda de los países como un síntoma de su debilidad.

El círculo vicioso de la dependencia

Otro de los problemas fundamentales es que no existe un único tipo de interés de referencia para bancos y empresas de la eurozona.

A escala europea, la ausencia de mecanismos para negociar con las instituciones y la tendencia a acudir a los Gobiernos cuando se necesita ayuda financiera han ocasionado un círculo vicioso de dependencia.

Los mercados perciben que la banca de los países vulnerables es insolvente, por lo que el coste de la financiación de los Gobiernos sigue aumentando. Esto, a su vez, empeora tanto las perspectivas de crecimiento como el nivel de solvencia de todo el sector bancario.

Mientras, las empresas afrontan unos costos de financiación que varían de un país a otro, aunque su línea de negocio y su calidad crediticia sean similares.

Por otro lado, a los países de la eurozona aún les queda mucho por hacer en cuestiones como la reducción de la burocracia, el aumento de la desregulación o la introducción de una mayor flexibilidad en sus mercados laborales.

Aunque ya apuntan en esa dirección, los países implicados han de esforzarse más en la simplificación de sus procedimientos, excesivamente complicados hasta ahora, con el objetivo último de profundizar en la unión política, fiscal y económica.

Notas de Campa Fernández.

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