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PARADIGMA COMO PROYECTO DE VIDA

Hay otro concepto de paradigma que no debe confundirse con el paradigma operativo. En efecto, el paradigma también puede ser concebido como un ideal de vida, y hay ideales de vida que no son hipótesis de trabajo de las que está por verse si funcionan o no, sino ideales de vida ya demostrativamente comprobados, y cuyo funcionamiento es válido siempre y cuando se realicen.

El ideal que no funciona es aquel que no se realiza. Ahora bien, un ideal de vida no puede cambiarse o picotearse a la manera de la gallina de Keller, quien al estudiar el comportamiento de la gallina al apropiarse de su alimento, advirtió que ésta carece de un sistema para ello, y tan sólo pica los granos al azar.

El proyecto de vida, cuando es un verdadero proyecto, adquiere un sentido de permanencia, de realización, un sentido idealista de la vida, bien determinado. Decía Gilbert K. Chesterton, que había que distinguir el idealismo de los que idealizan la realidad, del idealismo de los que realizan el ideal.

En efecto, muchas veces somos individuos que cambian de ideal porque no hemos sido capaces de realizarlo, o porque lo rebajamos y lo colocamos a una altura que exige un menor esfuerzo. Nosotros hemos heredado el ideal de vida judeo-greco-cristiano, y si ahora nos gusta probar el yoga, el New Age y el budismo, es porque no conocemos bien aquel ideal, o porque simplemente no somos capaces de vivirlo, o de vivir un ideal en absoluto. Ahora bien, antes de cambiar el ideal de vida, es preciso al menos realizar un esfuerzo serio para vivirlo.

PARADIGMA DE LAS RELACIONES INTERPERSONALES

Hay otro sentido de paradigma que sí debe cambiarse: la necesidad que tenemos para entrar en la intimidad de una tercera persona, trátese de un amigo o de un subalterno. No podemos imponer nuestro paradigma a los demás ni pensar que deben ser juzgados con el que nosotros tenemos. Por el contrario, debemos preguntarnos por qué el otro no actúa en una determinada situación como actuaríamos según nuestro paradigma. Esto es entrar realmente en la intimidad de los demás.

La empatía significa precisamente entrar-dentro, a diferencia de la simpatía, que significa padecer-con. La empatía significa padecer-dentro, y nos referimos a padecer en el amplio sentido de la palabra: padecer el sufrimiento y la alegría de otro.

La simpatía es simplemente acompañar al otro en las situaciones que vive; la compasión es sentir que el otro sienta dolor, aunque el sentimiento es tan sólo suyo. En el caso de la empatía la cuestión es diferente: se trata de llegar a sentir lo que el otro siente. La palabra empatía fue popularizada por los filósofos existencialistas santa Edith Stein y Karl Jaspers: para llevar a cabo la empatía lo primero que se debe hacer es desprenderse del propio paradigma para entender el de otro.

Descubrir el paradigma del otro es una de las formas modélicas de vivir la creatividad. Ahora bien, ¿cómo descubrir creativamente cuál es el comportamiento de otro? ¿Cómo saber cuál es su paradigma de vida y su proyecto de existencia, tal vez ignorado por el propio interesado?

En primer lugar, es necesario escuchar para comprender al otro, ciertamente no con la intención de rebatirle, en el caso de que su paradigma sea distinto del nuestro y su comportamiento no coincida con él. Si, por el contrario, intentamos descubrir y refutar sus debilidades, nunca podremos lograr la creatividad que exige la empatía, y según una expresión japonesa, «meterse en las entrañas de otro». Debemos escuchar al otro con la disposición de comprender sus argumentos, comprender por qué en un mismo punto no coincidimos, e incluso de cambiar nuestro paradigma, aun si se trata de un ideal de vida, si se nos ofrecen razones válidas para ello. Comprender, sin embargo, el paradigma del otro no es lo mismo que compartirlo. Comprender y compartir son acciones que no se implican mutuamente.

Lo más difícil es permitir que el otro pueda llevar a cabo la empatía con respecto a nosotros, es decir, permitir que el otro entre dentro de nosotros. No es complicado permitir que los otros conozcan nuestra intimidad, si nos comportamos de manera tal que los demás puedan conocerla.

El problema de la intimidad no es su obscuridad o su profundidad. El problema, si lo hay, deriva de que nos comportamos íntimamente de una manera que no nos conviene que los demás conozcan. Para que nuestra intimidad pueda ser conocida por otros, se requieren cambios en nuestra propia persona: de otro modo la empatía no es posible.

De otra parte, no debemos marginar nuestras relaciones con aquella persona que nos obliga a cambiar de paradigma, lo que también implica no marginar aquellos temas que son difíciles, sea por controvertidos, sea por íntimos. De hecho, estos temas deben tratarse y discutirse si se busca sinceramente lograr la empatía. Debemos, además, dar al otro la oportunidad de que nos corrija según su paradigma.

Autor: Carlos Llano Cifuentes

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