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II. CREATIVIDAD Y CAMBIO DE PARADIGMA

¿Cómo se relaciona la creatividad con el así llamado cambio de paradigma? Antes de entrar de lleno en este problema, es preciso examinar los distintos sentidos de la palabra paradigma.

PARADIGMA COMO MODELO OPERATIVO

En primer lugar, el paradigma es un modelo que generalmente se suele usar en términos operativos, es decir, como una hipótesis de trabajo cuya verdad o falsedad no importa tanto como si es funcional o no. Desde hace pocos años el término paradigma se usa como algo que debe cambiarse.

En efecto, actualmente, hemos tenido que cambiar varias hipótesis de trabajo que erróneamente se habían considerado como reglas inamovibles de conducta. Por ejemplo, en la empresa, en la relación de los directivos con el personal, se trabajaba de acuerdo a un paradigma que decía lo siguiente: «si tú me das lealtad, nosotros a cambio te damos seguridad de por vida en tu trabajo».
Ahora bien, este paradigma no se ha cumplido: no puede sobrevivir a la competitividad, a la globalización, a la necesidad del downsizing. No se trata de que una de las partes no haya cumplido; simple y sencillamente no es posible aplicar absolutamente el paradigma «seguridad a cambio de lealtad».

En efecto, la velocidad del cambio en las organizaciones es tal, que el promedio de vida de la organización es menor que el promedio de vida del individuo. La empresa cambia radicalmente cuando se funde con otra, cuando quiebra, cuando transforma tanto sus servicios y productos, que llega a ser otra empresa, aunque la firma conserve el mismo nombre (es el caso de una empresa sueca de cuatrocientos años de antigüedad, que ha debido dejar de vender pieles para producir automóviles), y las personas que trabajan ahí ya no sirven, porque servían en la medida en que se produjera aquel producto o se llevara a cabo aquel servicio.
Desde este punto de vista, debe decirse que los paradigmas cambian cuando las hipótesis bajo las cuales aquellos fueron hechos, han cambiado. El paradigma que hemos utilizado como ejemplo, «lealtad-seguridad», hemos tenido que cambiarlo por el paradigma de «compromiso de productividad»: nosotros nos comprometemos contigo, y tú te comprometes con nosotros a que ambos alcancemos una productividad competitiva.

Este paradigma tiene una clara diferencia con el anterior: antes, en caso de dudar del paradigma «seguridad-lealtad», o tú no eras leal con nosotros, o nosotros no te podíamos brindar seguridad, y una de las dos partes salía perdiendo. Ahora, en caso de dudar del paradigma «compromiso de productividad», simple y sencillamente nos arruinamos los dos.

Adviértase, además, que de acuerdo al nuevo paradigma, quien antes era empleado ahora es un socio. O’Reilly habla así de un nuevo trato (New Deal) con los trabajadores, y Karla Rappoport lo expresa todavía mejor, diciendo que para evitar el downsizing hay que tratar al empleado como socio, es decir, estar a la par con él: si él no trabaja, nosotros tampoco; si los dos no llegamos a un cierto grado de competitividad, los dos nos hundimos.

Durante la penúltima reunión de la International Management Association, se expusieron las cuatro estrategias más sólidas de la dirección que dieron en llamarse los cuatro pivotes de Phoenix. Una de ellas fue formulada por Schneider, uno de los dueños de la firma de transportes terrestres del este de Estados Unidos, quien dice que el foco fundamental de su estrategia es que no tiene empleados, sino socios.

Ahora bien, este nuevo paradigma, enunciado por O’Reilly, Rappoport y Schneider, ya había sido descubierto por Joaquín Pecci, mejor conocido como León XIII, quien decía en la Encíclica Rerum Novarum, que había que buscar la manera de «dulcificar» el contrato de trabajo, convirtiéndolo en un contrato de sociedad.

Otro ejemplo de cambio de paradigma se encuentra en la necesaria transición de un mercado local a la globalización. Hemos pasado del pensamiento puramente nacional, con nuestras propias fronteras, protecciones, etcétera, a la apertura global.

Ahora bien, el cambio de paradigma se presenta cuando nos damos cuenta de que no podemos enfrentar el mundo en su totalidad, y que el asunto no consiste tanto en llegar a la globalización, como en descubrir un nicho de mercado. En otras palabras, no es posible la globalización efectiva si no se busca un nicho de producto o de servicio que facilite de alguna manera acceder a esa globalización, y para ello es indispensable tener creatividad.

De hecho, la creatividad consiste precisamente en llegar a concepciones de esta naturaleza. Antes, por ejemplo, los negocios se fundaban bajo el paradigma de la integración: no permitir que nadie, dentro de la cadena de valor agregado en la que estábamos, pudiera generar un valor agregado diferente del nuestro; de ahí que buscáramos hacia arriba la última materia prima, para que todo el descenso de materia prima, hasta que llegase a nosotros, fuera integrándose y nosotros tomáramos la parte del valor agregado que nos corresponde. No comprábamos en bruto, sino que íbamos comprando cada una de las fases que se necesitaban para llegar a la materia prima que necesitábamos, y hacer nuestro producto. Además, había una integración descendente que iba hacia el último consumidor, con todas las ventajas a favor nuestro.

Actualmente, hemos pasado de la integración a lo que se llama la desincorporación. Ya no se busca hacer lo que no se puede hacer bien o no se sabe hacer bien; no se trata de generar el mayor valor económico agregado posible, sino de generar el valor económico agregado que permita estar en un nicho de mercado correspondiente y ser competitivo.

Autor: Carlos Llano Cifuentes

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