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Más allá de las definiciones formales que pudiesen existir, hoy muchos se preguntan —o nos preguntamos— cuál es la diferencia entre estas dos palabras tan en boga, sobre todo la primera. Y de las varias opiniones que he leído y escuchado, sin duda me quedo con la siguiente: el empresario es aquella persona que busca tener un autoempleo y al mismo tiempo un negocio rentable que genere empleos. Sin duda muy loable.

Pero el emprendedor es aquella persona que desde su propio campo de acción intenta “cambiar el mundo” o, al menos, cambiar la manera de hacer las cosas. Cierto, suena demasiado ambicioso cambiar el mundo; sin embargo, todas las misiones deben ser así, ambiciosas y, hasta cierto punto, soñadoras. ¿Acaso alguien piensa que intentar transportarse volando sonaba totalmente realista cuando lo propusieron los hermanos Wright? No basta con soñar; ellos tenían conocimientos que les permitían fundamentar sus sueños, y hoy cuando vemos volar el Airbus A-380, el gigante de las aeronaves comerciales para 800 pasajeros, sabemos que la información sumada a la intuición de los Wright conducían al camino correcto.

Comenzamos a emprender cuando cruzan por nuestra mente ideas como cambiar las cosas, romper el paradigma, aportar ideas propias, competir contra los mejores del mundo: simple y sencillamente mejorar algo por lo cual sintamos pasión.

En México, como en la mayoría de los denominados países emergentes, hay enormes oportunidades para emprender, para cambiar; son demasiadas las cosas que necesitamos modificar si queremos verdaderamente ser protagonistas de la historia, si queremos lograr el desarrollo sostenido.

Y estoy convencido de que, para lograr grandes cosas, debemos empezar por lo más sencillo: por un lado, generar cambios culturales, y, por el otro, aprovechar lo que podríamos denominar el momento de la verdad que estamos viviendo. Es el mejor y más apasionante de los retos, y es nuestro, es de esta generación.

El cambio cultural

Siempre hemos escuchado, leído y, además, confirmado que lo más complicado es el cambio. Hay una resistencia natural a él, una aversión a poner en riesgo nuestra manera segura de permanecer en el mundo. Sin embargo, también es cierto que la única constante es el cambio. Simple y sencillamente es la ley de la evolución.

Y de todos los cambios que podemos pensar, el más difícil de lograr es el cambio cultural, porque está metido hasta nuestras raíces y cuestiona nuestro interior, los paradigmas, los hábitos. En pocas palabras, nuestros aparentes límites.

Antes que pensar en complicados modelos de innovación, los mexicanos debemos entender que mientras no adoptemos mejores hábitos culturales cotidianos, no habrá metodología que nos permita avanzar con pasos sólidos hacia el desarrollo. No podemos, ni debemos, simplemente seguir copiando modelos.

Michael Fairbanks, profesor de Asuntos Internaciones de la Universidad de Harvard, habla de siete formas de capital que puede tener una sociedad. A continuación las enlisto de menos importante a más importante:

1) Factores básicos, tales como agua, tierra, sol. 2) Recursos naturales; 3) Capital financiero; 4) Mano de obra; 5) Instituciones, el imperio de la ley; 6) Conocimiento, propiedad intelectual; Capital humano, con todas sus implicaciones y resultados infinitos; 7) Capital cultural, lo que le da significado a nuestras vidas.

Las tres primeras se consideran inferiores, mientras las cuatro últimas son superiores, y de todas, la máxima es el capital cultural; de ahí que los cambios culturales no sean precisamente algo sencillo.

¿Y podríamos adivinar cuál es la demostración por excelencia del capital cultural? Es la puntualidad, que es una manifestación de valores, como respeto por uno mismo y por los demás, compromiso, disciplina, organización, responsabilidad. Lo denominan un proxy de valores por el poder que representa. En términos del desarrollo de una sociedad, la puntualidad es más importante que el imperio de la ley, que el conocimiento, incluso que la democracia. Vamos, casi podemos afirmar que la puntualidad implica todas ellas. Las sociedades que son puntuales apuntan a ser sociedades superiores, y, más relevante aún, sociedades justas.

Y en este sentido, a los emprendedores mexicanos nos urge mejorar, nos urge entender que el tiempo es solo uno y que cada retraso en las labores cotidianas retrasa nuestro objetivo superior de largo plazo, el que se alinea a nuestra misión. Tenemos todo: los recursos, el ingenio, incluso el timing; sin embargo, nos cuesta trabajo ir construyendo sobre estas formas de capital superior: respetar la ley, empezando por las re glas de civilidad básicas, sin importar que “nadie más lo haga”; tener la curiosidad objetiva para dedicar horas de estudio a nuestra pasión, comenzando por la lectura de algún diario simplemente para saber qué pasa un poco más allá de nuestro entorno; respetar e invertir en las personas sin pretextos; y, finalmente, ser puntuales con todo lo que la palabra superior implica.

El momento de la verdad
En el ambiente comercial, esta frase es muy conocida y aplicada para la ejecución de los servicios; es algo así como que solo hay un momento de la verdad para dejar al cliente totalmente satisfecho. Yo me quiero referir a ese mismo momento de la verdad, pero desde una perspectiva mucho más amplia y, si lo queremos ver así, hasta filosófica.

Los emprendedores de esta nueva era estamos obligados a saber que la responsabilidad social se inicia con la comprensión total del impacto de nuestros actos. Comienza con la sencilla idea de la decencia hacia nuestros empleados, y con el respeto absoluto hacia nuestros consumidores, clientes o usuarios. Es el simple entendimiento de que una empresa debe buscar la justicia hacia dentro y hacia fuera de ella para asegurar una permanencia en el largo plazo con personas fieles tanto a la organización como a sus productos.

Aspiremos a ser grandes empresarios, de esos que generan miles y miles de empleos, pero mantengamos la candidez del corazón del emprendedor que sueña con mejorar las cosas, que está convencido de que todos los días hay una señal que permite mantener el rumbo claro hacia el objetivo sin alejarse de los valores esenciales de la vida. Ahí está no solo el largo plazo, sino el valor incalculable de la tranquilidad.

Mantengámonos ingenuos, mantengámonos emprendedores. Ah, y muy importante: empecemos por la puntualidad.

Notas de Julián Cuevas Cervantes

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