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La dificultad más grande cuando nos encontramos ante el peligro que aparece como terrible, es evaluar las dimensiones reales del peligro, en especial, si es realmente superior a mis recursos disponibles. Aquí es donde se ve si estamos ante un empresario. El empresario se distingue por oficio, por su capacidad de riesgo. En tiempos de bonanza, esta capacidad de riesgo se suele destinar para aprovechar oportunidades donde otros pensarían que no tienen recursos no habilidades suficientes. Pero en épocas de crisis esta capacidad de riesgo debe servir también para enfrentarse con la amenaza del peligro.

Aquí se distingue, insisto, el empresario del funcionario y del propietario. El empresario es valiente, porque ante el peligro piensa que tiene algo que hacer para enfrentarlo (eso lo convierte en imaginativo, fértil en recursos, luchador). El funcionario (el que se ampara bajo el paraguas de una organización pública o privada como mera pieza suya) no es valiente, porque huye con anticipación. Estructura su vida de tal manera que no tenga que enfrentarse con el peligro. Su característica no es la valentía sino la precaución, porque busca la seguridad.

En cambio, el propietario es cobarde, porque ante el peligro huye: el capital es típicamente huidizo. Ante los peligros, el primer signo es la evasión de capitales. Todo está pensado en los capitales para que puedan evadirse. De aquí procede la dialéctica entre el empresario y el propietario. En muchas ocasiones, estas funciones suelen encarnar en una sola persona, y entre ambas hay una cruel pugna: como empresario, tendría que comprar a la baja; como propietario, a la baja tendría que vender. Durante la crisis de 1994 y 2008 en México se veían con claridad estos tres modos clásicos de reaccionar ante el miedo: 1) Quien se mostraba alegre porque había caído del lado bueno y se volvió funcionario del Estado. 2) Quien afrontó el riesgo del peligro. 3) Quien vendió y puso su dinero en Estados Unidos.

Todos tenemos algo de empresarios –nos gusta el riesgo-, algo de funcionarios –en los momentos de miedo aspiramos a una vida tranquila y protegida-, y algo de propietarios –no nos gusta que otros jueguen con nuestro dinero-. “Nuestro dinero no lo toca cualquier advenedizo en turno sexenal”.

Notas del libro: Ser del hombre y hacer de la organización, del Dr. Carlos Llano.

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