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La empresa, como situs natural de la actividad del hombre, extiende su concepto más allá de la útil generación de riqueza y de la admirable ocasión que ofrece a los individuos para trabajar profesionalmente. La empresa –junto con la escuela y la familia- forma parte de las principales agrupaciones naturales que establece el hombre para su propio desarrollo. La empresa es, además, un inigualable ámbito donde aflora la comunicación. En ella se enlazan dinámicamente los individuos para dar cauce a un crecimiento múltiple. La empresa representa así uno de los nudos más importantes del plexo de la sociedad.

Podemos asentar como premisa que una organización es más consistente en la medida en que sus cauces de comunicación son más fluidos, en cuanto la información discurre, sin contratiempos, desde quien la emite claramente hasta quien la deba recibir. En el grado en que esos cauces de fluidez se interrumpen y obstruyen con barreras, se adolece de falta de estructura y unidad, se incurre en la desorganización que atomiza las partes y resta eficacia. Cuando hay fallos en las comunicaciones, cuando hay contratiempos porque no se transmiten con exactitud las decisiones de la dirección o porque se descuidan los informes acerca de los resultados en las operaciones, se torna precaria la permanencia dinámica de la organización, aunque jurídicamente sean vigentes los estatutos que la constituyeron como tal, aunque se reconozcan jerarquías de autoridad y aunque existan organigramas de su estructura. En cambio, si la comunicación fluye ininterrumpida, si se conoce con claridad qué hay que lograr y qué se logra, la empresa actúa en una continua retroalimentación que la cohesiona más que los esquemas de organización y los reconocimientos legales.

Comunicarse es un asunto moral, no tecnológico.

A primera vista pareciera sencillo que una empresa alcanzara su permanencia como una organización sólida implantando simplemente adecuados canales de comunicación: un sistema de mensajería más ágil, formatos de memoranda más detallados, órganos periódicos de información, sistemas de reuniones en los distintos niveles de autoridad y, sobre todo, el uso de las tecnologías de información. Bastaría comunicarse satisfactoriamente mediante esos canales para lograr una organización cohesionada y permanente. Sin embargo, el problema presenta aristas más espinosas que el correcto establecimiento y el ordenado uso de esos canales.

La comunicación y, por ende, la real vigencia de una empresa, no se reduce a un problema de velocidad ni de tecnología, es decir, no sólo es un problema de informática ni de cibernética, ni de acierto en el uso de los procesos informativos. La comunicación es ante todo una cuestión de comportamiento personal. Estar correctamente comunicados unos con otros implica, primeramente, incidir en el interior de las personas y no sólo afectar los medios y procesos de comunicación. Dicho con palabras técnicas, la comunicación es un problema de moral personal, sin la cual los sistemas más sofisticados lo único que hacen es incrementar inflacionariamente nuestro overhead. Cuando nos relacionamos con otras personas y no meramente con cosas o con la realidad genérica, las leyes mecánicas son insuficientes para regir los comportamientos que de ahí se derivan. La comunicación, en sentido estricto, es personal: surge entre personas, y por ello es diferente –radicalmente diferente- de la cibernética. Por la tecnología, bajo las leyes de la mecánica, el hombre establece una relación entre cosas. Mediante la comunicación, en cambio, se relaciona de una manera peculiar y concreta con otro hombre.

La comunicación no es sólo una relación entre objetos o de un sujeto con el objeto, sino una estricta relación entre sujetos como tales, y en la medida en que no sea de este modo, no será comunicación. Las leyes del comunicar son por eso fundamentalmente leyes morales, que rigen la dinámica social del hombre y redundan en el mayor o menor desarrollo de cada persona. Debe advertirse que en los negocios la comunicación se ejerce de manera restrictiva: los negociantes la emplean con cierto límite para tratar de obtener el mayor beneficio de la parte contraria. Saber qué decir y qué callar; hasta dónde podemos guardar silencio y cómo prohibir la mentira y el fraude, son reglas particulares de la comunicación en el campo de los negocios.

Pero dese ahora hemos de tener bien claro que así como las leyes de la comunicación no representan un mero asunto de técnica, tampoco se restringe a una utilitaria cuestión de negocios, donde los informes se miden en términos monetarios o cuantitativos. Por tal causa, la comunicación que se emplea en los negocios mercantiles no puede erigirse en el paradigma de las comunicaciones humanas. Es ésta una grave deformación de la empresa a la cual debemos enfrentarnos en este análisis. En las operaciones de compra – venta, en efecto, el negociante ha de saber conjugar el ser discreto y, simultáneamente, emplear al máximo las capacidades comunicativas indispensables. Requerirá de astucia y lealtad para lidiar en un mundo que compra la información y paga el secreto a precios muy altos. Con todo, la comunicación es necesaria aún en las negociaciones que se llevan a cabo a puerta cerrada. Nada justifica el no comunicar cuando se debe hacer. De lo contrario se corre el peligro de aislarse o de aislar a la empresa a la que se pertenece. El aislamiento por falta de información externa o interna significaría una desarticulación, una desunión del organismo.

Del libro: Ser del hombre y hacer de la Organización de Don Carlos Llano.

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