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No cabe duda que manejar a una persona como animal en sus dimensiones meramente zoológicas es una acción que cae dentro de las normales posibilidades humanas: la domesticación es posible. La motivación, en cambio, como “causa” de las acciones de otra persona, presupone una concepción de las relaciones humanas que no resulta evidente, sino que requiere una detenida discusión filosófica, especialmente en el terreno de las organizaciones en general. Es aquí, en la dirección y en la conjunción de esfuerzos para lograr metas, donde puede ser de mayor utilidad la averiguación acerca de las causas de los comportamientos del individuo.

La connotación activa del término “motivar” (mover a otro para que ejerza una determinada conducta) es, según parece, completamente contemporánea. Este sentido moderno de la motivación no se refiere al acto de explicar o a la fundamentación moral de los propios actos, tampoco significa una conducta, como dice Sartre. No se refiere a la explicación, fundamentación o justificación, sino al “origen”, al acto de causar determinado comportamiento. Se trata de una acción transitiva: motivar, hoy, es “heteromotivar. Es una acción transitiva o causal que García Hoz considera en su Diccionario Pedagógico como una motivación de la voluntad de otro para que quiera algo.

Aristóteles presenta una vertiente causal del motivo o razón de nuestras acciones y la señala como causa motora. Esta causa se refiere tanto al bien práctico que suscita nuestras apetencias (siendo así causa de ellas), como al propio órgano o facultad que apetece, que se constituiría también como causa del movimiento apetitivo. La causa o motivo no serían, por tanto, sólo externa – el bien práctico apetecido – sino también, sobre todo, interior: el propio apetito que apetece. De manera que, en nuestras apetencias, somos movidos por el bien, pero sólo en el grado en que a la par nos movemos nosotros. Así pues, el motivo adquiere un sentido activo casual en el sujeto que actúa. Eso contrasta con el concepto moderno de motivación, según el cual motivar no explica ni causa la propia conducta, sino particularmente la conducta ajena. En esa capacidad de mover o de provocar la conducta de otro centramos nuestro análisis. La motivación, según se entiende en la actualidad, connota fuertemente la instancia de “heteromotivación”, sea en su sentido activo (mover la voluntad de otro) o en su sentido pasivo (que mi voluntad sea movida por otro). El problema que salta a la vista es que la persona, como tal, se caracteriza porque se posee a sí misma y porque, suponemos, actúa con dominio sobre sus propios actos. Esta suposición se vendría abajo si se admite que alguien distinto a mí puede introducirse, de algún modo, en mi propia voluntad y causar, desde afuera, mi propia conducta.

Si en el hombre ocurriese la continuidad fatal entre el estímulo y la respuesta, como ocurre en el resto de los animales, sería posible esa determinación y condicionamiento externo irremediable.

Por ese nexo que es necesario e ineludible en los animales, no le corresponde al hombre. Mientras la garrapata, por ejemplo, sólo reacciona ante la luz o ante el calor, el hombre, en cambio, es susceptible de recibir muchos estímulos para empezar una actividad o restringir su comportamiento, pero ante ellos la cantidad de respuestas es inmensa. Incluso, puede negarse a responder a cualquiera de ellos y en esto reside su dominio de sí mismo. De modo que existe una escisión entre el conocimiento humano y su tendencia afectiva. Lo anterior explica que un vasco o un irlandés puedan sostener una prolongada y fatal huelga de hambre, aún ante la apremiante necesidad de nutrirse, y, en cambio, cualquier perro de cualquier raza o nacionalidad está ontológicamente incapacitado a negar o restringir su natural tendencia hacia el alimento. ¿De qué manera, entonces, puedo manejar la libertad del hombre ante los estímulos para que quiera lo que yo quiero que quiera? ¿Es esto posible?

Notas de Don Carlos Llano del libro Ser hombre y hacer de la organización.

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