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El modelo de crecimiento comparativo, utilizado sólo como guía de nuestra forma de pensar acerca de la excelencia, puede alentar a veces un estrecho punto de vista, centrado en uno mismo, que enseguida se convierte en algo problemático. Como es natural, es importante que cada individuo que persigue unos objetivos, así como toda empresa y todo departamento de una corporación más grande, controlen su progreso y aspiren a mejorar. Pero en algunas de las filosofías orientales existe la tendencia a ser excesivamente egoístas.

Si todo mi pensamiento se centra en mi coyuntura difícil, mis problemas, mi situación, mi búsqueda, mi iluminación y la realización final de mi idea, puedo perder fácilmente el contacto con las personas que me rodean. Sus preocupaciones, y el valor que tenía ampliar mi visión más allá de los límites de mi propio progreso, se olvidan. Puedo perder interés en las estructuras, organizaciones y relaciones que no sirvan obviamente a mi objetivo egoísta y, como resultado, empobrecer mi vida involuntariamente. Y lo que puede aplicárseme a mí como ser humano individual, también puede aplicarse a cualquier negocio, oficina o institución. Si el modelo de crecimiento comparativo alienta el egoísmo, puede llevar a un estado mental y a una forma de conducta que, irónicamente, pueden resultar autodestructivos.

La vida está llena de ironía y paradoja. Creo que una de las mayores ironías llega incluso al núcleo de la ética. Permítanme explicarlo de una manera más sencilla por medio de dos frases:

El egoísmo es autodestructivo
El altruismo es gratificante

Parece de sentido común que la persona que está obsesionada consigo misma y en sus intereses está mejor preparada para cuidar de sí misma, o que la empresa más concentrada en controlar su propio progreso sea la que avance hacia el futuro de la manera más saludable posible, pero no es así. En última instancia, en nuestro mundo, la persona o la institución que miran más allá del egoísmo estrecho y el autocontrol, por más importantes que éstos sean, y ven una imagen más grande, contribuyendo con su energía y tiempo a progresos y estructuras que trascienden la inmediatez del egoísmo, serán las que prosperen.

Creo que la abnegación no tiene unos resultados meramente altruistas, por más altruistas que puedan ser sus intenciones. En realidad, cuanto más altruista sea en su intención un acto de abnegación, menos meramente altruista serán sus resultados. Para decirlo de una manera más simple: si queremos beneficiar a otros de una manera adecuada, podremos terminar por beneficiarnos a nosotros mismos más allá de cualquier expectativa.

Quiero advertir que ni por un momento he querido sugerir que haya algo incorrecto o autodestructivo en una saludable actitud de interés hacia uno mismo, porque en última instancia ésta es la base que sostiene el interés hacia otros. Lo que resulta problemático es el carácter exclusivo de un interés hacia uno mismo que nunca abarque intereses más amplios. Esto es lo que, a la larga, resulta autodestructivo e impropio de la excelencia humana que todos tanto deseamos.

Lo que realmente deseo recalcar aquí es que cualquier modelo de excelencia que aliente un estrecho interés egoísta tiende a cegarnos respecto a lo que en definitiva podría llevarnos a avanzar más hacia la excelencia de que somos capaces. Por fortuna, hay otro modelo de búsqueda de la excelencia que no tiene esta limitación y que, en cambio, puede abrir nuestros pensamientos y nuestras acciones: La fuerza del compañerismo.

Notas de Tim Morris

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