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Todos hemos tenido aquella experiencia de ¡Ajá!, cuando se nos enciende el foco de la mente. De un momento a otro, desaparecen las anteojeras, se desvanece la visión de túnel y aparece la solución del problema cuando menos la esperábamos, en la ducha o mientras avanzamos lentamente en el automóvil. En tales momentos entornamos los ojos, nos damos un golpe en la frente y nos preguntamos porqué no nos habíamos dado cuenta antes, si todo era tan obvio y tan sencillo.

¿Obvio?…Sí. ¿Sencillo?…Sí. ¿Fácil?…¡No!.
Una dificultad que se nos presenta para ver una solución obvia o localizar una nueva idea es producto de haber estado enceguecidos por nuestra propia pericia, la famosa ceguera de taller. Nos gusta la complejidad. Preferimos lo oscuro a lo lógico. El hecho de saber “tanto” nos dificulta encontrar las respuestas sencillas. Al lanzar chorros de agua sobre nosotros mismos, estamos seguros de que las cosas sencillas y obvias no pueden ser buenas porque lo más probable es que ya se le ocurrieron a otro.

Pero la sabiduría convencional no nos ayuda mucho, porque nos asegura que si queremos el mejor consejo debemos acudir a los expertos que conocen detalladamente el asunto y hacen gala de su capacitación especializada. “¿Tiene alguna pregunta?”, “¿Tiene algún problema difícil?”, llame a los especialistas. “¿Necesita una evaluación detallada?” Llame al experto, pronto. Esta estrategia pudo haber sido buena en su momento, pero en el mundo de hoy, una nueva idea, un avance tecnológico, un cambio político o un hallazgo de investigación, puede volver obsoleto lo que se había considerado como lo último en conocimientos. “Se creía que el más informado era el mejor investigador”, comentaba Francois P. Van Remoortere, presidente de la división de investigaciones de W.R. Grace&Co. “ Pero esto ha cambiado ahora. Algunos de los mejores consejeros provienen de personas que saben menos sobre una operación específica”.

No se trata de menospreciar la experiencia, la información o la práctica. Pero el secreto para anticiparnos al cambio es aprender a pensar como principiantes. Si Usted actúa con la mente del principiante, será más abierto a lo que va surgiendo y estará mejor preparado para prever el cambio.

El principiante no está adherido a las viejas maneras de ver y hacer las cosas, y no dedicará demasiado tiempo a “azotar un caballo muerto” o amontonar vacas sagradas. Observando el mundo con nuevos ojos y mente abierta, el principiante verá cosas que al experto se le escapan.

Pensar como principiantes implica un estado de curiosidad permanente que le permitirá a Usted ver las cosas en forma distinta, sin permitir que la información antigua y los “beneficios” de la experiencia nublen su juicio. Al fin y al cabo, la experiencia tuvo lugar en el pasado, y la mentalidad, las estrategias y la información que funcionaron en el pasado con frecuencia están pasadas de moda y se han vuelto obsoletas.

Hay muchas maneras de fomentar la mentalidad nueva y abierta del principiante. Le comento solo algunas de ellas que son fáciles y prácticas:
• Imagínese que Usted es un visitante extraterrestre. Observe con mirada de forastero su propia situación. Formule preguntas básicas y hasta ingenuas; por ejemplo: “¿Qué es esto?”, “¿Para que es?”, “¿Por qué lo hace así?”
• Lleve a su esposa o hijo de ocho años a pasar el día con Usted a su empresa y anímelos a curiosear, escuchar disimuladamente, observar y formular preguntas.

Usted se quedará asombrado al ver cómo estos “visitantes” podrán cambiar su percepción de un mundo que se ha dado por sentado, pues lo que para ellos es obvio, ha permanecido oculto para usted durante largo tiempo.

Notas de Robert Kriegel

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