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Se supone que el desempeño atlético, lo mismo que la capacidad académica, es un juego de “números”. La sabiduría convencional nos dice que los individuos dotados de una capacidad natural para correr más rápido, saltar más alto o lanzar más lejos, serán los campeones.

Si esto es así, ¿Cómo podremos explicar el número extraordinario de perdedores que han tenido éxito, por ejemplo, el equipo olímpico de hockey de los Estados Unidos que derrotó a los rusos en los Juegos Olímpicos de Invierno en 1980? Los números les daban a los rusos todas las de ganar; ellos eran ampliamente superiores en talento, experiencia y técnicas, y también eran patinadores más fuertes y más rápidos. De acuerdo con todos los criterios empíricos, los jugadores norteamericanos estaban por fuera de su liga. Pero, de todos modos, fueron los vencedores.

Muchos atletas cuyos “números” los colocarían en el Club de la Mitad Inferior han sido increíblemente exitosos en el deporte:
1) El jugador de baloncesto Larry Bird no puede correr tan rápido o saltar tan alto como muchos jugadores de NBA.
2) El futbolista Joe Montana no puede lanzar tiros tan potentes o lejanos como muchos otros jugadores de la NFL.

Bird y Montana se encuentran en la tradición de Ty Cobb, Billie Jean King, Johnny Unitas y Chris Evert, ninguno de los cuales tenía un excepcional talento natural. Pero todos ellos fueron campeones legendarios. Lógicamente, la sola aptitud natural es bruto NO es el desayuno de los campeones.

Al describir las cualidades que hicieron de Joe Montana –jugador más valioso de los 49ers de San Francisco del Super Bowl- uno de los más grandes estrategas que hayan participado en el juego, su compañero de equipo Pro Bowl, Ronnie Lott dijo: “ Es imposible medir con una cinta métrica o con un cronómetro el tamaño de su corazón”.

Walt Frazier, un compañero de equipo del jugador de baloncesto Willis Reed, miembro del Hall of Fame, quien fue capitán del equipo campeón de New York Knicks a comienzos de los años 70, dijo: “Nadie empujaba a Willis: ni en la práctica, ni durante el juego o en el hospital de niños. Lo que lo impulsaba era su deseo. Como jugador y como hombre, él siempre llevaba fuego en su interior.”

Un alto ejecutivo, buscador de talentos cuando se le preguntó qué cualidades buscaba en un líder, comentó: “Lo que diferencia a un buen gerente y a un líder dinámico e inspirador, está más allá de la capacidad. Es la pasión. Ésta es la única cualidad que, en esta época difícil, hace resaltar la cabeza y los hombros por encima de los demás.

La pasión es un compromiso ardiente que hace vibrar todo nuestro ser –cuerpo, mente y espíritu- y nos hace sentir rebosantes de energía y llenos de vida; nos permite activar fortalezas internas, recursos, capacidades y energías de las que no teníamos conocimiento. La pasión enciende una chispa que nos inspira a nosotros y a quienes nos rodean para conquistar mayores alturas.
Un profesor de la Escuela de Administración de Harvard, el Doctor Abraham Zaleznik, dice que él clama por el retorno de un liderazgo vigoroso que sea imaginativo y audaz: “Líderes que sientan emoción por su trabajo y que, por contagio, estimulen a sus subordinados. Ese entusiasmo fomenta relaciones vigorosas y moral alta en toda la organización”. Los líderes inspirados, señala, “llevan a la empresa, superando los problemas, a las oportunidades”.

No sólo los líderes y los campeones necesitan pasión –todos la necesitamos-. No importa el área de trabajo, la posición o edad, deberemos de tener “fuego en el corazón”.

“Hacer lo que se tiene que hacer, en el momento que se tiene que hacer, con entrega, amor y excelencia nos llevará necesariamente al éxito”.

Algunas notas del libro: Si no está roto Rómpalo de Robert J. Kriegel

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