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Con razón decía Karl Jaspers, existencialista alemán, doctor en medicina y autor de profundos estudios de antropología filosófica (Philosophie,1932), que en el caso del enfermo cuenta más la relación de confianza –incluso de amistad- con su médico, que la comprensión científica de las prescripciones médicas y farmacéuticas para combatir su enfermedad.

Tanto en el caso de un motor de explosión, como en el de un recorrido vehicular, como en el de un tratamiento médico, se necesita un factor de difucialidad en quien tiene conocimiento de causa (del motor, del mapa, de la medicina). En el caso del hombre, de manera análoga, esta fe o confianza se hace más necesaria, por la profundidad del asunto de que se trata. De ahí deriva el error de suspender el comportamiento ético hasta tener una comprensión racional de su fundamento. Sería equivalente a suspender un viaje aéreo mientras no se conozcan las normas de vuelo sabidas por el piloto.

Si bien la ética se refiere, primera y principalmente, a la persona individual, por ser potenciadora de sus capacidades personales, hasta el logro de su completo –aunque siempre perfeccionable- desarrollo, debe entenderse también como potenciadora del hombre en cuanto integrante de la sociedad en la que vive. En efecto, el hombre no se desarrolla más que siguiendo una línea referencial, es decir, la relación con otras personas humanas. La existencia de un ser aislado es para Aristóteles (Ética a Nicómaco) propia del dios o de la bestia. Al mismo tiempo, y reversiblemente, el desarrollo de la sociedad sólo es posible mediante el desarrollo de los individuos que la integran. A diferencia de las ideologías socialistas modernas (hoy ya prácticamente extinguidas), no es la sociedad la que perfecciona al individuo, sino éste quien posibilita la perfección de aquélla. Pero, a su vez, la sociedad constituye un ámbito propicio o perjudicial para el desarrollo de cada persona, desencadenándose un círculo virtuoso de desarrollo, o vicioso de deterioro.

Partiendo del concepto de naturaleza humana definida, la ética juzga sobre lo bueno y lo malo en referencia con la naturaleza: es bueno todo aquello que expansiona las posibilidades propiamente humanas, y malo lo que las encoge o imposibilita.
Las divisiones que se hacen sobre ética individual y ética social son artificiales. No hay ninguna cualidad humana positiva, llamada virtud, que no repercuta socialmente de manera beneficiosa. Si no se diese tal repercusión podríamos dudar de la existencia de tal virtud. Al mismo tiempo, no hay ninguna cualidad positiva en ninguna sociedad que no tenga su punto de arranque o fundamento en las cualidades individuales de sus integrantes. La mencionada división entre ética social y ética individual es preferida, aunque por razones distintas, tanto por los socialistas como por los liberales. Para los socialistas las convicciones éticas del individuo carecen de valor social. En la sociedad, más que prevalecer determinados valores o cualidades positivas, se establecen procedimientos para determinar mayoritariamente lo que debe considerarse como bueno. Aquí se encuentra ausente, según se ve, el concepto de naturaleza humana: así, será bueno lo que se determine socialmente que lo sea: esta es la hoy llamada ética procedimental, que sería presumiblemente la única ética social que no conculcase la libertad de los individuos. La libertad individual – con sus debidos límites establecidos por los procedimientos. Será la única cualidad ética admisible. Lo único que fundamentaría la norma ética es el procedimiento mediante el cual la propia sociedad determinara a qué normas morales quiere sujetarse. El establecimiento de códigos éticos en la empresa tienen frecuentemente por base una mera ética de procedimientos, en donde se da la espalda a lo objetivamente bueno y a lo objetivamente malo.

Para los liberales, en cambio, la ética sólo tiene un carácter individual. Expresar y difundir las convicciones éticas individuales resultaría atentatorio a la intimidad de los demás, que tendrían a su vez el derecho a sostener, en el ámbito privado de su existencia, sus propias convicciones éticas. La ética que en cada sociedad debiera sustentarse se inspiraría bien en la fusión del crisol (un sincretismo resultante de la mezcla de todas las convicciones éticas individuales), bien en la yuxtaposición del mosaico (una convivencia armónica de las distintas concepciones morales que coexisten en su diversidad ofreciendo un paisaje ético multiforme pero armónico o equilibrado).

Como acabamos de sostener, la frontera entre la ética individual y la ética social es artificial y arbitraria, propiciatoria de dificultades a la postre insalvables. La ética individual tiene su expresión y su explicación naturales en la sociedad a la que el individuo pertenece; y la ética que se vive en una sociedad guarda siempre referencia a la ética individual implícita y muchas veces inadvertida.

Notas del libro: Dilemas éticos de la empresa contemporánea de Carlos Llano

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