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Para comprender los problemas éticos que afronta la empresa de nuestros días es preciso clarificar cuestiones que en el momento actual están profundamente desdibujadas. Uno de los problemas éticos en las organizaciones es el desconocimiento acerca de los que debemos entender por ética y los alcances que ésta posee para la vida del hombre en la organización.

Hay un claro nexo entre las normas éticas y el concepto del hombre. Las primeras se deducen rigurosamente del segundo. La filosofía clásica (Platón, Aristóteles, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino) ha definido la ética como el saber que contiene las disposiciones necesarias para que el hombre se desarrolle a plenitud y alcance una vida lograda. Los imperativos éticos son, pues, indicaciones que señalan el camino que conduce al desarrollo del hombre.

Ya se ve que esta consideración ética, como expansiva de la realidad del hombre, se contraviene con la usual de nuestro tiempo, según la cual la ética implicaría un conjunto de reglas restrictivas –no expansivas- del desarrollo humano.

Para que una regla de conducta determinada pueda considerarse como expansión o como restricción del hombre, es preciso partir de un concepto de se ser humano. En primer término, adquirir la convicción de que el hombre responde a la idea de una naturaleza determinada, y no es el producto casual de las fuerzas aleatorias de la evolución biológica. Aunque el hombre fuera el resultado de esa evolución, para ser destinatario y sujeto de normas éticas, tal evolución debería sujetarse a una orientación eidética, a un progreso con sentido y finalidad. Lo cual equivaldría a afirmar que el hombre posee una naturaleza determinada, recibida como un don del que resulta responsable, don que puede acrecentarse si se siguen las normas de su desarrollo, o disminuirse en caso contrario.

La ética ha de considerarse, pues, como potenciadora de sus capacidades personales. Para usar una metáfora moderna, constituye el instructivo que suele acompañar al uso de cualquier artefacto. Quien intenta utilizar el artefacto para el fin que originalmente fue destinado, ha de atender a las indicaciones de uso señaladas por quien lo produjo. Tales indicaciones se considerarán como restrictivas por quien pretende manejar el instrumento teniendo finalidades diversas de aquellas para las que fue precisamente diseñado. En cambio, quien se sujeta a las instrucciones, logrará que el aparato funcione adecuadamente.

Siguiendo el símil, la razón de ser el instructivo se aclarará en la medida o grado en que el usuario conozca la ley interna del aparato en cuestión, ya que todo el instructivo adquiere sentido sólo en conexión con ese artefacto. A falta, sin embargo, de conocimiento, basta la confianza en el constructor. Si nuestro bagaje intelectual no nos facilita la comprensión del funcionamiento íntimo de un motor de explosión, nuestra ignorancia puede suplirse con la confianza que depositemos en el fabricante y, por tanto, de no conocer bien cuál es la ley que vincula el funcionamiento del aparato con las instrucciones que se nos dan para su uso, será necesario, en sustitución, conocer la calidad técnica de quien montó el aparato y diseño el manual de su utilización, y confiar en aquella calidad técnica, ya que no podemos apoyarnos en nuestros propios conocimientos (y en la medida o grado en que no podamos).

Los esfuerzos racionales para intentar la vinculación de lo uno –instructivo- con lo otro –naturaleza del aparato sobre el que se nos instruye- son siempre positivos, porque el entendimiento del motivo de los señalamientos éticos es propio de la comprensión del ser humano. Son positivos, no obstante, si en el caso de la filosofía del hombre reconocemos la imposibilidad de un conocimiento cabal de su naturaleza, compleja, heterogénea e insondable: por tal imposibilidad los estudios de la antropología fisiológica – y de la ética que le es consiguiente- se diferencian del que corresponde a las ciencias naturales, sean biológicas, sean sobre todo físicas, pues el objeto de éstas reviste características diversas de las que prevalecen en el ser humano, único del universo dotado de libertad.

Ésta es la causa última por la que la ética se relaciona estrechamente con la religión, pues el saber religioso, al develar hasta donde se puede el conocimiento de Dios, creador de la naturaleza human, nos dará, de una parte, un mayor conocimiento del hombre y, de otra, una mayor confianza en las disposiciones que para el hombre ha dado quien lo creó, que compense el escaso conocimiento que tenemos de la naturaleza que ha sido creada. “Se sabe que la Ética recibe el nombre de Moral. Para unos, la Ética corresponde a la normativa de la conducta humana tal como puede obtenerse del conocimiento filosófico del hombre, mientras que el término Moral se reserva para las normas de conducta que se fundamentan en el conocimiento derivado de la religión (así, habría una moral cristiana, una judía, mahometana, sintoísta, etc.). Para otros, la Ética constituiría los fundamentos del buen comportamiento del ser humano, y, en cambio, la Moral se referiría a la aplicación de esos fundamentos a la conducta humana en forma de reglas morales (saber que otros, finalmente, llamarán Ética Especial, la aplicada a campos concretos del hacer humano, distinguiéndola de la Ética General que daría la fundamentación genérica de la Ética Especial). Nosotros usaremos indistintamente los términos Ética y Moral como sinónimos, autorizados por la identidad etimológica de Ethos (costumbre, en griego) y Mor (costumbre en latín).

Para emplear otro símil moderno, podemos considerar la función de las orientaciones éticas como análoga a las señalizaciones de las autopistas, tanto en lo que se refiere a la indicación acerca de la velocidad recomendada en cada tramo, como en lo que concierne a los obstáculos próximos previsibles –curvas cerradas, hielo en el pavimento, niebla o posibles deslaves- y sobre todo a los diferentes destinos en el caso de bifurcación. Quien conozca la orografía, por experiencia o por mapa, encuentra un atisbo de racionalidad en estas señalizaciones, racionalidad que, en caso necesario, tendrá que ser suplida por nuestra confianza en las autoridades de tráfico vehicular, al as que suponemos con suficiente conocimiento de causa para dotar a estas señales de la racionalidad que a nosotros ahora nos falta.

Notas del libro: Dilemas éticos de la empresa contemporánea de Carlos Llano

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